No es que me afectara la manera en que el alcohol transgredía mi vida. 

Sin embargo había algo en el rostro de mi abuelo que me impelía desconfianza, como si me anunciara que fuera la última vez que nos veríamos, y, de no ser por la mirada violenta y represora de mi padre, hubiera corrido a sus brazos.

Desde pequeño siempre experimenté en carne propia las bondades y vicisitudes que implica la bebida. 

No había fin de semana que no se nos fuera en fiestas familiares eternas. 

Podían durar tres días o más, y a mí me parecían divertidísimas e inmejorables oportunidades para jugar al papá y a la mamá con mi prima Piedad. 

¡Lástima de ese cuerpo abisinio y esa piel tatemada! La muy ingrata me lleva tres años y ahora que ya tiene novio -quien por cierto es un imbécil- dice su madre que piensa en casarse. 

Ahora sólo me queda refugiarme en el aroma de los calzones que le robé la vez que fuimos a Huatulco, mismos que guardo muy bien bajo llave y me convierten en el primer hombre en su vida.

Entre semana pasaba lo mismo, o al menos yo lo sentía así. 

Reuniones aburridísimas que se realizaban en mi casa, a las que acudía una sarta indeseable de amigos de mis padres entre los que destacaban un par de divorciadas mochas, rácanos ejecutivos bancarios y dos o tres políticos lamehuevos de poca monta: un grupo variopinto de la élite infumable que se regodea entre las arcas de la opulencia. 

Si por mí fuera, los hubiera corrido a todos desde la primera vez que vi a uno de esos contadores mediocres intentando seducir a mi madre, valiéndose de la embriaguez de mi padre.

Pero siendo sincero, en el fondo me agradaba ese ambiente de rumba permanente. 

Lo mejor era cuando al calor de las copas, mi tío Roberto se despojaba de su siempre impoluto saco de pana y le pedía a Betito, hermano de mi Piedad, que le acercara su trago. 

Acto seguido, se tronaba los dedos  de las manos y se postraba frente al piano -ese legendario piano que mi abuelo tanto adoraba y se encontraba justo a un lado de la escalera, entre la sala y el comedor-  para evocar a grandes hombres, antes que músicos, como Juventino Rosas, Álvaro Carrillo, José Pablo Moncayo o Julio Jaramillo. 

Particularmente a mí me maravillaba Noche de ronda de Agustín Lara.  Incluso alguna vez llegué a pensar en dedicarle esa canción tan emotiva a Piedad. Por supuesto nunca lo hice, ni lo haré.

Sería hipócrita si dijera que Piedad y su padre eran mis únicas satisfacciones en medio de ese mar infinito de zambra.

 El final de cada convite era otro de los momentos estelares pues garantizaba una suculenta recompensa: recoger los sobrantes de licor sin que los adultos observaran y empinárselos hasta no dejar gota alguna. 

Al principio lo hacía muy discretamente sin que ninguno de mis primos se percatara, pero después se convirtió en un juego con reglas y todo: el cazachupes. 

Ya quisiera la vergüenza más grande del futbol nacional, el nivel de competitividad y lealtad con el que se disputaba cada partida.

La cerveza valía dos puntos; los cocteles, bebidas dulces y otras maricadas, tres; y los licores fuertes que son bien socorridos entre los buenos guainos, como ron, vodka, whisky, brandy, coñac o tequila, te sumaban cinco puntos.

Este primer contacto cara a cara con el alcohol, aunado a la inconsciencia y al abandono de mis padres, quienes dedicaron por completo su tiempo y sus energías a realizar una campaña política para ascender peldaños en un departamento de gobierno, me brindó una infancia y adolescencia rebosantes de precocidad, independencia y soledad, etapas en las que el refugio ideal lo hallé en la figura de mi abuelo.

Para lo único que se acercaba mi madre era para reprenderme con un par de coscorrones y pellizcos en los muslos por las quejas que le pasaba por teléfono la directora del colegio de monjas al que asistía, porque ni siquiera iban a recogerme a la salida. Tampoco me compraban chicharrones bañados en un caldo espeso de salsa picante y limón.

Una de las tundas más severas que me propinó fue con el cable de la plancha por haber mordido a un compañerito regordete en su primer día de clases; todavía me acuerdo de Rodrigo y, aunque nunca lo he vuelto a ver, sigo apenadísimo y arrepentido por lo que le hice. 

Con las monjas nunca sentí remordimiento, eran unas cabronas. Sobre todo Madre Adela, a quien Matías y yo apodamos Madreada. 

Cada año, durante la celebración del día de San Francisco de Asís, regalaba desayunos podridos o rezagados a gente pobre o de la calle, mientras que se embolsaba las ayudas humanitarias que recibía la congregación de personas altruistas, como el papá de Matías, quien fuera el presidente municipal más corrupto que he conocido, pero con un corazón enorme. Ojalá que pueda descansar en paz.

Mi padre, en cambio, siempre fue el alcahuete más irresponsable del mundo. 

Mientras no lo molestara durante sus eternas llamadas que sostenía a todas horas con “gente importante” del partido, me decía que sí a todo. 

Como cereza del pastel, me acercaba su cartera y me hacía señas con los dedos para que tomara 200 o 300 pesos según su presupuesto, así no perdía el hilo de su conversación. 

Recuerdo que al principio me gastaba todo en golosinas e invitando a mis amigos del colegio todo lo que se nos ocurriera, hasta que mi abuelo tomo riendas en el asunto y me enseñó a administrarlo, así fue como me pude comprar mi primer perro, un pastor alemán tan inquieto como yo. 

Se llamaba Simba, supongo que en honor al personaje de El Rey León, y después de la enfermedad de mi abuelo ha sido lo que más dolor me ha ocasionado en la vida. 

No recuerdo exactamente por qué lo bauticé con ese nombre, tal vez me identifiqué con él y lloré su orfandad, pero cada que aludo a él, lo hago con cariño.

Mi abuelo nunca fue el más expresivo, pero sí entrañable. 

Siempre supo cómo cubrir esos vacíos. Ya sea con un regaño, una buena historia sobre su juventud o sobre mi bohemio bisabuelo, una golosina, una partida de baraja española o dominó.

Como último recurso, recurría a una fruta apetecible; obviamente siempre opté por las historias. 

Sin proponérselo, forjó en mí el carácter de un hombre de verdad, no un macho recalcitrante como lo hizo con sus dos hijos, sino un caballero diestro en todo lo necesario para la salir al mundo real y afrontar los azotes de la vida.

-¡Lárgate de aquí, desgraciado. Si tu abuelo está así es por tu culpa!- me increpó a gritos mi padre desde el pasillo, mientras se encaminaba hacia mí y agitaba su brazo con desesperación.

Pensé en retarlo, tenía mucho que echarle en cara, como el repudio que le tenía a mi interés por la literatura desde niño.

Cuando llegaba borracho, con el pretexto de ir a darme las buenas noches, hurgaba a hurtadillas en mi cajón hasta encontrar mis cuentos y romperlos.

Al otro día, durante el desayuno se jactaba de haber hecho lo correcto. 

“Es por tu bien, si no te corrijo desde ahora, será imposible enderezarte después”, me decía, mientras aliviaba tomaba leche fría para aliviar su estómago hirviente.

Después de sostenerle la mirada, preferí dar media vuelta y marcharme. 

No fue miedo lo que sentí ni me doblegué por él. Sólo esperaría a que se fuera y regresaría con mi abuelo.

Alguna vez me prometió jamás abandonarme y yo haría lo mismo. 

Bastante tenía con estar atado a esa cama de hospital resistiendo los embates de un coma diabético y, peor aún, soportando la insufrible presencia de sus hermanas mojigatas y solteronas, Fátima y Remedios, a quienes mi abuelo aborrecía porque -decía- por un lado se santiguan y por el otro te chingan. 

Aunque ellas fueron las culpables de mi paso por el calabozo clerical durante la primaria y secundaria, no les tengo rencor. 

Bastante tuvieron la vez que fueron con nosotros a Vallarta y les corté sus faldas por encima de la rodilla, las tuvieron que usar así durante un fin de semana entero.

Mientras bajaba por el elevador, pensé que el cinismo de mi padre era igual o más aberrante que ese tipo de turistas que regatean a los artesanos. 

Yo no esperaba menos de mi padre, pero que le hiciera eso a mi abuelo a sabiendas de su estirpe machista, significaba una reverenda putada. 

Viéndolo bien, él fue el causante de la desgracia de mi viejo, si no se hubiera enterado de sus chingaderas, jamás me hubiera necesitado ese trago de whisky que se transformó en parranda para sobrellevar la noticia.

Ya en la calle dudé sobre a dónde ir. Primero pensé en ir al gimnasio de box, necesitaba romperle la cara a alguien y el costal del Chicles, pugilista retirado y teporocho los 365 días del año, me debía varias.

Esperé un momento mientras encendía un cigarro, le di tres o cuatro caladas y observé a un anciano ahogado en alcohol que descendía de un taxi casi a gatas con la ayuda de un niño no mayor a 10 años, quizá era su nieto. 

Recordé la primera vez que bebí con mi abuelo y eso me hizo encaminarme a la cantina donde hacía 6 años reímos, bailamos, platicamos y lloramos en ese orden, hasta salir igual o peor que los del taxi. 

Ahí conocí al cabrón más humano del mundo. Ahí aprendí que un hombre gallardo no es el que se envalentona con un trago, se desabotona y se arremanga la camisa y se juega la vida con los puños, sino el que bebe y bebe hasta vaciar una o varias botellas y no pierde la sensatez. 

El que se retira de la mesa agradeciéndole al otro su compañía por el hecho de sincerarse y dejar ver su interior. 

El que en todo momento apuesta por el amor de una mujer sabiendo a priori que lo único que tiene garantizado es la derrota.

Regresé al hospital cansado y borracho, menos de lo que hubiera querido. 

Tal vez mi abuelo me hubiera reprendido por mi falta de talento o, más bien, por mi inapetencia para el alcohol. Él siempre fue un gran bebedor. 

Me hubiera encantado escuchar uno más de sus regaños, como también me hubiera encantado abrazarlo por última vez, pero la cama estaba vacía.

Nunca le perdonaré a mi padre haberme robado el último abrazo de mi abuelo, ese que siempre aparto para mí. 

“Lo único que quiero cuando me llegue la hora es que estés conmigo, nadie más, para abrazarte y cerrar los ojos en paz”, recuerdo que me decía mientras los panteoneros terminan de cavar la fosa.

Todos me ven con odio. Jamás entenderán que no fue mi culpa, sino de mi padre. Que yo sólo fui leal y le hice un favor. 

Algunos no dudarían en enterrarme junto con él, pero saben que los rencores se tornaran agradecimientos en cuanto reciban su parte de la herencia.

Cómo me encantaría exhibir a mi padre, pero me convertiría en un miserable igual que él.

Mientras palada tras palada mi abuelo se despide de la lascivia humana y se funde con la tierra, le doy vueltas una y otra vez a las palabras que me dijo de camino al hospital: “¿Sabes por qué, después de tres años sin gota de alcohol, agarramos la peda hoy, hijo? Porque descubrí que tu papá es maricón y se lo coge su achichincle, el pendejo ese que primero quiso cogerse a tu mamá”.