De pequeño, siempre que era reprendido por mi madre con un jalón de orejas o un coscorrón bien dado, me iba al jardín para revolcarme en el eterno montículo de arena, que después albergó a más una colonia de hormigas.

Acto seguido, para calmar mi encono, me dirigía al huertucho que se encontraba en el patio trasero para extraer en un bote, o cualquier recipiente a la mano, una porción generosa de lodo.

A pesar de haber sido diseñado para cultivar hortalizas por el abuelo, después de su muerte ese espacio miniagrícola lo único que producía era polvo o lodo, según las condiciones del clima.

Con esa pasta marrón de olor grato y enervante, moldeaba figurillas amorfas que, de conservarlas, ahora podría considerarme escultor.

Como en el fondo mis rabietas eran una alternativa de quitarme el yugo de mis mayores por un rato, me las ingeniaba para prolongar mi indignación y disgusto con ellos.

Así surgió mi pasatiempo favorito: cada vez que alguien se acercaba a mí para conversar o hacer las paces, tomaba carrera con todo el impulso que mis regordetas piernas me permitían y embestía contra aquel osado.

-Mira al niño, parece un borreguito bronco- decía la insolente de mi tía Sagrario. Si con el nombre tenía suficiente, imagínense el repudio que me provocaba cuando me confundía con “un perrito cariñoso” o “un tierno gato”.

Con los perros nunca tuve problemas, hasta debo admitir que me gustan; pero a esas criaturas que se despelucan y maúllan las odio, aparte de traicioneros, apestan horrible y no se parecen nada a los toros, ese animal salvaje que siempre quise ser.

Cuando desperté, como de costumbre, la mañana no había clareado aún, o eso intuí debido a la confusión visual que sentía, traté de recordar si la noche anterior había bebido o consumido algún psicotrópico, pues mi percepción de los colores y mi campo visual me estaban jugando una mala pasada.

Intenté ver la hora en mi reloj de pulsera para ponderar si dormía un poco más o me dirigía directo a la regadera.

El cuadro que mis ojos devolvieron borroso y desenfocado me dejó con la boca seca, seca de impresión y sorpresa: mi mano izquierda era una extremidad peluda, corta, rematada con una dura pezuña y, eso sí, fuerte como nunca antes.

En lugar del reloj había un par de cicatrices que, a pesar de sus dimensiones y su aspecto agreste, no me causaban ninguna molestia.

Aún no descifraba bien en lo que me había convertido, cuando el bramido retador de uno de mis compañeros, proveniente de mi costado izquierdo, retumbo en la cerca de piedra hasta provocarme un escalofrío en todo el cuerpo.

Giré la cabeza para observar lo que ocurría y pude atisbar el trote de una osamenta majestuosa, acompañada de una musculatura descomunal de un tono negruzco y cenizo.

Desconcertado y un tanto miedoso, emulé el comportamiento de los demás para no desentonar y evidenciar mi intrusión o inexperiencia.

Al paso del líder frente a nosotros, escarbamos la tierra con las patas traseras, en señal de respeto y lealtad.

Después de esa escena mi angustia disminuyó, pues comprobé que no había ningún problema conmigo y era sólo un acto protocolario.

Al medio día (o eso creo), una decena de hombres abrieron las puertas del corral para sacarnos a pastar.

Al verlos sentí que la vida me volvía, hice circo, maroma y teatro para llamar su atención y decirles que en realidad yo era como ellos, que yo no pertenecía a ese lugar.

Mis esfuerzos fueron en vano ya que nada más terminar con su tarea emprendieron el camino de regreso.

No me quedó otro remedio que consolarme con una porción de hierbajos frescos y un paseo que, debo reconocer, me maravilló como hacía tiempo no había ocurrido.

Más tarde, instalados otra vez en el corral, la misma sarta de vaqueros vino a darnos de comer.

En esta ocasión ya me dio lo mismo su presencia, al grado de ignorarlos.

Lo que no pasó desapercibido ante mi paladar y mi glotonería fue el festín variado de granos y cereales que estos hombrecillos prepararon.

Cuando estuve saciado, casi a reventar, un sueño profundo me invadió hasta hacer mis párpados pesados como el mismo cuerpo monumental que poseía ahora.

Mientras dormía, una parte de mí pensaba que tal vez esta metamorfosis era lo mejor que había podido ocurrirme, nada de preocupaciones citadinas: el trabajo, los pagos y las deudas, la caída del Dow Jones, las guerras, la pobreza, el descontento social, las caóticas manifestaciones y toda la mierda que protagonizan y padecen los hombres.

Mis ojos se abrieron y, rogando seguir en el corral, miré alrededor. Sin duda alguna, era bendito entre los toros; de ahora en adelante sólo recordaría mi pasado humano como un mal cuento de ficción.

Con información de Primera Voz