Si, ¿Por qué no salieron antes? ¿Por qué no protestaron? ¿Por qué no mostraron su furia?, ¿Por qué no gritaron?, ¿Por qué mentaron madres? ¿Por qué no exigieron seguridad?, ¿Por qué no denunciaron la corrupción?, ¿Por qué no revelaron la falta de medicamentos?, Por qué se callaron?, ¿Por qué guardaron silencio?, ¿Por qué no marcharon? Sí, ¿y por qué no salieron antes?

Allí estaban, de blancos, elegantes, bien vestidos; algunos con sus gorras recién estrenadas del Gran Premio de México. ¿Cinco?, ¿seis mil?, ¿ocho mil?, tal vez, quién sabe, pero sí eran más que en aquella marcha, también contra López Obrador, cuando entre los mismos organizadores se pelearon.

Allí estaban camuflados de “sociedad civil”, MarkoCortés, Xóchitl Gálvez, Ernesto Ruffo, Mariana Gómez del Campo, Gustavo Madero. Escondieron sus banderas, sus logos, y mostraron todo su “dolor” y “rabia” por la “desgracia” de la familia LeBaron: “¡Estamos con ustedes!”, mostraban su solidaridad, esa que nunca tuvieron con las familias de las niñas y niños de la Guardería ABC.

Si, ¿Por qué no salieron a protestar contra Felipe Calderón? cuando el expresidente quiso esconder que familiares de su esposa, Margarita, tenía responsabilidad en esa desgracia allá en Sonora.

Reclamaban con rabia la inseguridad de hoy y los miles de muertos. ¿Dónde estaban, por qué se callaron, por qué no le reclamaron a Calderón sus miles de muertos?

Y Repetían: “¡Es un honor estar contra Obrador!”. Sí, ¿Por qué no salieron a reclamar la corrupción en el gobierno de Fox, de Calderón, de Peña Nieto?

¿Por qué no salieron a reclamar a Fox y a Martha Sahagún de las corruptelas de este matrimonio y las transas de los hijos de martita? ¿Por qué se callaron? ¿Será porque “les salpicaron bastante bien”, porque vivieron en jauja, y por eso mejor no dijeron nada?

¿Por qué estos camuflados, que decían no querer al priísmo y a Peña Nieto, no salieron a la calle para denunciar los grandes negocios de sus opositores del tricolor? ¿Será porque al final con ellos, el asunto de los moches sí funcionó, o se los repartieron?    

Desde el Ángel hasta el Monumento a la Revolución exigían a “ese loco” de López Obrador alto a la división”. “Ni fifis, ni chairos, somos mexicanos” rezaban unas playeras negras, pero cuyos propietarios no se cansaban de gritar “¡muera el loco!”.

Desde el templete donde estaba Mariana Gómez del Campo expresaban su “dolor” e “indignación” por la falta de medicinas, porque a los niños con cáncer ya no les van a suministrar sus medicamentos. “¡Qué poca madre!”, reclamó una señora que atenta escuchaba.

¿Por qué no dijeron nada, por qué no reclamaron, por qué no marcharon para protestar contra la falta de medicamentos cuando Fox, cuando Calderón, cuando Peña? ¿Por qué no salieron a denunciar los hospitales de mentiritas de Calderón, cuando llevaban aparatos de otros hospitales para inaugurar los “nuevos” que eran sólo de escenografía?

Y gritaban a coro, con furia, una y otra vez: “¡Fuera Evo!”, “¡Fuera Evo! ¿Por qué no fueron tan puntillosos, y no salieron a exigir “fuera Zelaya”, aquel presidente de Honduras al que Calderón le concedió asilo?

A cada exigencia, a cada reclamo, la fuerza de los hechos del pasado se les venía encima como una avalancha de negros recuerdos” de realidades que se le olvida a propósito como cuando la priísta Beatriz Pagés Rebollar no tuvo el menor descaro de hablar de falta de democracia, del grave problema de la inseguridad, de las formas en cómo se gobierna hoy, “con autoritarismo”, afirmó sin sonrojarse.

Y los de la “sociedad civil” le aplaudieron, seguramente porque no sabían quién era esa señora que, en su tiempo, no salió a reclamarle a Peña por sus formas de gobernar, por la corrupción de su presidente, por la “democracia” que se practicaba desde Los Pinos, desde donde se palomeaba a funcionarios cercanos para ir al INE, cuates en la SCJN o en la CNDH.

Y cuando todo mundo esperaba que los LeBaron se le fueran encima al presidente, Julián externó su dolor por lo que significa perder a seres queridos, y luego de disculparse, precisó que no había participado paramentarle la madre al presidente, ni para protestar por el aeropuerto, lo que sí, para seguir reclamando justicia.

Los perredistas José Ángel Ávila y Verónica Juárez Piña hicieron sólo acto de presencia acompañados de un puñado de perredistas del Estado de México, además de Fernando Belaunzarán, quien presumía, perdón, amenazaba, a quien se dejaba, con la creación de un nuevo partido.

Al final, a la hora de la despedida, ya en corto, se incitaban para pronto surgir a la otra. “No hay que callarnos, tenemos la obligación de salir a reclamar”, le dijo uno a otro, de esos de la “sociedad civil”, de esos que no salieron antes y que guardaron silencio cómplice

Que no le cuenten…

Inicia el segundo año de gobierno. Nadie debe olvidar el peso de la historia, porque luego los hechos, la realidad, se nos viene encima como una avalancha.

*Periodista.

Con información de Mario A. Medina para Primera Voz