La decisión final de la construcción del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, sea en Texcoco o Santa Lucía, va a significar un insoportable dolor de cabeza; una severa migraña para el nuevo gobierno. Como Presidente de la República, si Andrés Manuel López Obrador resuelve satisfactoriamente esta dificilísima ecuación -dirían los clásicos-, “habrá que construirle un monumento”.

Detrás de todo esto están, digámoslo de manera simple, dos tipos de intereses, los de los comuneros de Atenco, junto con los defensores del medio ambiente y los de los empresarios constructores del megaproyecto.

La información que los ambientalistas han difundido para argumentar en contra de Texcoco, es basta y tiene la firma no sólo grupos sociales, sino especialistas nacionales e internacionales, quienes han presentado estudios de la inviabilidad de la construcción del nuevo aeropuerto donde se asienta el lago Nabor Carrillo.

Sabemos que el NAICM estaría construido en un vaso semi-seco del lago de Texcoco, que provee de agua y protege a la Ciudad de México de inundaciones; que allí llegan aves migratorias y es hábitat de especies nativas como el pato mexicano; que hay 12 especies amenazadas y en peligro de extinción.

Está, desde luego, el derecho que tienen los comuneros de preservar sus tierras y costumbres. Otros que tienen que ver con aspectos relativos a la equidad, cohesión social y oportunidades, como lo ha señalado el ex diputado federal del PRD, Rafael Hernández Soriano. El proyecto del aeropuerto, ha dicho, debe ser una oportunidad única para resarcir las injusticias sociales, cerrar las brechas socioeconómicas y reducir las profundas asimetrías entre el oriente y el resto de la ciudad capital. “No obstante –explica-, ahora la presencia del AICM se ha vuelto un factor de empobrecimiento urbano.

Habrá que regresar el reloj y preguntarse, ¿fue cierto que quienes viven alrededor del actual aeropuerto Benito Juárez, cuando se decidió su construcción, les fue mejor? ¿Cuánto tiempo esperaron para que sus colonias fueran urbanizadas? ¿En verdad la felicidad llegó a sus vidas con la terminal aérea pegadita a sus casas?

Enfrente están los estudios que han presentado el gobierno actual y los empresarios que tienen intereses económicos en la obra. Igual han mostrado análisis que hablan de la viabilidad de Texcoco; han desplegado una enorme campaña en favor del NAICM, pagan plumas y a líderes de opinión para tratar de convencernos de que Texcoco nos conviene a todos.

Creo que la mayoría, en caso de ser consultados, no podríamos dar una respuesta contundente, particularmente porque desconocemos la parte técnica, la parte aérea, pero al final, ¿quiénes serán los verdaderos beneficiados, la población de Atenco y la zona de Texcoco o un puñado de empresarios del Grupo Atlacomulco, el de Peña Nieto, y otros amigos a quienes la obra les garantiza inversiones y negocios por unos 100 años?

En fin, quienes estén frente a la boleta del jueves 25 al domingo 28 de este mes, optarán, por un lado, por quienes aseguran que el aeropuerto en Texcoco atenta contra la población del lugar y la naturaleza, y por el otro, podrían preferir por los intereses de los hombres de negocios, por los hombres del poder del país: Carlos Slim, Carlos Hank Rhon, Bernardo Quintana Isaac, Hipólito Gerard Rivero, es decir, Carlos Salinas de Gortari y Olegario Vázquez Aldir, entre más.

Con el resultado de la encuesta, sea cual sea, la cosa se va poner difícil, y sí, sí que ¡va a estar cabrón!

Que no le cuenten…

Me llama la atención que a tres semanas de las elecciones para renovar las cámaras Alta y Baja en Estados Unidos, se haya desplegado una caravana de miles de migrantes Centroamericanos.

 

Pienso mal: ¿No será que el propio Donald Trump fue el promotor real de dicha caravana? La marcha de hondureños, guatemaltecos, salvadoreños y demás centroamericanos le permitieron al presidente estadounidense mostrarse como un poderoso intransigente en contra de quienes –dice él-, buscan apropiarse de los empleos que le corresponde al pueblo estadounidense, y no permitir, incluso con la presencia militar, la entrada –como también los califica-, de “criminales” y “delincuentes”.

Claro, además, mostrar su mando sobre el gobierno de México a quien, pareciera, le instruyó detener la entrada de la caravana. El martes seis de noviembre, día de las elecciones, seguramente veremos a Trump y a los Republicanos festejar.

*Periodista.

Con información de Mario A Medina para Primera Voz