Hace un par de semanas hablaba sobre las leyendas que enriquecen al imaginario colectivo de Tepotzotlán; sin embargo, no todos los personajes célebres de este Pueblo Mágico pertenecieron siempre a ultratumba. En 1954 llegó a vivir ahí un señor llamado Ernesto Guevara de la Serna. ¡Sí! Ni más ni menos que el bienamado (y convertido en cliché pop por sus fans) Che Guevara. Inicialmente estudiaba medicina y trabajaba como fotógrafo en el Parque México, pero como embarazó a su novia, una peruana llamada Gilda Gadea, se tuvieron que casar, consiguió los documentos necesarios para la boda y se convirtió en habitante ilustre de Tepotzotlán.

Otro de sus residentes distinguidos fue José Joaquín Fernández de Lizardi, autor de El periquillo sarniento y del periódico El pensador mexicano, a través del que cuestionaba con dureza al gobierno virreinal mediante sus ideas transgresoras y otras finas y burlescas publicaciones que le ganaron más de una visita involuntaria a la cárcel. Como testigo de su audacia queda la vieja casona amarilla del siglo XVIII donde vivió.

Tepotzotlán, además, tenía a su propio Robín Hood, quien no le pedía nada al original habitante de los bosques de Sherwood. Don Angel Vega, el carnicero del pueblo, no tenía siquiera un local para ofrecer su mercancía, así que se acomodaba debajo de los arcos y sacaba una mesa de madera y una báscula antes de ponerse a filetear carne para las mujeres del pueblo. ¿Por qué se le conocía como “El Robin Hood de Tepotzotlán”? Sencillo: a las ricas les vendía la carne carísima, mientras a las menos afortunadas en cuanto a lo económico les daba precio casi de regalo. Así de noble era él.

El encanto histórico reside también, por supuesto, en locaciones que hacen a Tepotzotlán un lugar único. Su Centro Histórico posee una red subterránea de catacumbas y túneles que, en otros tiempos, eran utilizados por los jesuitas para escabullirse, ya que no eran muy queridos por el gobierno; en épocas de conflicto escapaban por esos túneles para llegar hasta las haciendas que ellos administraban, entre ellas Jalpa, La Gavia, Lanzarote, La Concepción y Xochimanga. El primer boticario del pueblo fundó la Farmacia de Picas a principios del siglo pasado y al día de hoy aún da servicio; pero definitivamente la joya de la corona es el Museo Nacional del Virreinato, inaugurado en 1964 y que, dentro de su historia, cuenta con el nada honroso honor de haber sido contemplado originalmente para alojar la cárcel del Palacio de Lecumberri, cosa con la que –cabe señalar- los pobladores del lugar no estuvieron de acuerdo. En su lugar se inauguró un increíble museo entre cuyos laberínticos muros se encierran armaduras, libros, documentos y arte que dan testimonio de una de las épocas más importantes de nuestro país; en su interior se encuentran los retablos del templo de San Francisco, pertenecientes al estilo barroco estípite churrigueresco y cubiertos por láminas de oro de 23.5 kilates.

También se aprecian dentro de sus jardines la fuente original del Salto del Agua (cuya réplica podemos apreciar actuante sobre el Eje Central de la Ciudad de México), y el Ahuehuete de Lanzarote, que tiene más de 400 años de edad.

Existió también en el pueblo una tienda llamada La golondrina; tenía un muy buen surtido de productos: arroz, frijoles, telas, especias, chile, y también vendía pulque. Las amas de casa iban a hacer su mandado y aprovechaban para disfrutar de la bebida espirituosa a escondidas de sus maridos. Una de ellas era Doña Gertrudis, a quien un día se le pasaron las cucharadas a tal grado que, al encontrar a su marido sorpresivamente en la calle, se asustó tanto que se cayó y éste, furioso, la agredió. Envalentonada por el pulque, Doña Gertrudis respondió y se hicieron de golpes hasta que llegó a separarlos un gendarme, dejando ir al marido y llevando a la mujer a la cárcel. Todavía más molesta, Doña Gertrudis provocó en la cárcel tal incendio que le tuvieron que abrir la puerta, dejándola ir aún borracha y enojada para nunca más aparecerse en el pueblo, abandonando al marido y los hijos.

Tepotzotlán también acuña refranes y dichos populares. La frase “Arrieros somos y en el camino andamos” tiene origen en el Camino Real de Tierra Adentro, también conocido como Camino de la Plata, que en la época colonial atravesaba el pueblo trayendo consigo a los arrieros en las carretas que venían de las minas de plata de Zacatecas o San Luis Potosí; la frase clásica de nuestro vocabulario, “Se lo chupó la bruja”, tiene su origen en el gusto que tenían estas señoras por robarse a los niños pequeños y alimentarse con su sangre; pero quizá la aportación cultural más importante de Tepotzotlán es la forma en que despierta en el visitante un deseo muy intenso por volver y seguir conociendo todas las maravillas que encierra, disfrutar la deliciosa comida del lugar, recorrer sus calles y hacer un montón de fotos. No duden en invertir parte de o todo el fin de semana en conocerlo; les aseguro que no se arrepentirán.

 

Con información de Siete Leguas para Primera Voz