Tal vez como nunca en muchas décadas, los partidos políticos en el país están visiblemente disminuidos. La figura que sobresale, a favor o en contra, es la del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador.

Si bien en los últimos 30 años, quien estaba en la silla presidencial -fueran priistas o panistas-, tenía una prevalencia importante, pero siempre había otra u otras figuras en la arena política que le hacían, al menos, un poco de sombra. En esta ocasión no hay quien le haga contrapeso a “El Peje”.

En el PRI había personajes que destacaban, pero se excusaban de hacerle “ruido” a quien ocupaba la silla presidencial. Lo mismo pasó con los panistas. Hoy ni uno ni otro tienen quién pueda ser reconocido líder opositor. En Morena se asoman Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal, dos personajes “jonroneros”, pero que no saben “macanear” como el tabasqueño que los supera en mucho al volarse la barda, “espalda con espalda” y menos le ganan en popularidad.

En el caso de los partidos, ni el PRI, ni el PAN, ni el PRD y, desde luego, menos en Morena, como instituciones políticas, le pueden mover el tapete al presidente. Los tres primeros han ganado total incredulidad, que por más que buscan chocar de frente con López Obrador para quitarle algo de simpatías, no hay quien los vea ni los oiga, si acaso a Morena, pero gracias al liderazgo de su fundador. Para su desgracia Morena se está pareciendo mucho al PRD.

El PRI es un desastre. Hoy, es producto de años y años de aprovecharse del poder político para robar a manos llenas, de contar entre sus filas a una tira de bandidos y al presidente de la República cuyo gobierno ha sido calificado como “el más corrupto de la historia del país”.

Un partido que no ha logrado cubrir con sus militantes las 6 mil 156 casillas que prevé instalar en todo el país para la elección interna de su nueva dirigencia, prevista para el 1 de septiembre. Un partido que no está acostumbrado a la democracia, por lo que ahora en la elección interna los aspirantes a dirigirlo se acusan de mil cosas, de las chapucerías que les son “naturales”. De su elección interna lo que se espera es la debacle.

Seguramente en el PAN se extraña un verdadero líder. Al blanquiazul se le reconocen muchos. Desde luego a su fundador, Manuel Gómez Morín, Adolfo Christlieb Ibarrola, Luis H. Álvarez, José Ángel Conchello, o Carlos Castillo Peraza. Hoy su presidente, Marko Cortés Mendoza, puede competir como el “líder” más gris del panismo y ganar.

Marko busca subirse al ring con el presidente López Obrador, pero se encuentra con un peso completo, quien por cierto no lo ve ni lo oye. Tira golpes sin ton ni son y no acierta uno sólo, y por más que grita, sus declaraciones casi ni se oyen, menos se escuchan.

Felipe Calderón, cuando era panista, los calificó de “traidor, corrupto e hipócrita”; además se le señala de ser responsable de la debacle panista en la elección presidencial del 2018.  El exgobernador y actual diputado federal del PAN, Ernesto Ruffo Appel, declaró que no reconocía a Cortés; lo acusó de representar los intereses de los anayistas y los del PRIAN de Héctor Larios. La convicción y orgullo de ser panista seguramente se perdió en aquellas “concertacesiones” entre Diego Fernández de Ceballos y Carlos Salinas.

El PRD dejó de ser un sol y pasó a ser una luna opaca, un astro sin luz. No solo los pleitos entre sus corrientes los ha llevado a su casi desaparición, sino también la vorágine de un grupo de sus dirigentes que negociaron con el poder priísta y que aprovecharon al partido para enriquecerse.

José Ángel Ávila, el joven presidente nacional de este partido, por más que quiera hacer algo para rescatar, al menos, los rayos del logotipo perredista, éstos se hicieron cenizas. Es lamentable porque este partido fue heredero de las mejores luchas de hombres y mujeres de la izquierda mexicana.

En Morena, aunque no quieran, por sus venas corre sangre perredista. No extraña que entre sus dirigentes haya divisiones, pugnas internas, acusaciones. Hay quienes creen, como acto de fe, que López Obrador no está metiendo las manos en la elección del 20 noviembre para elegir a quien presidirá a este partido en lugar de Yeidkol Polevnsky. ¿Será que tal vez por eso se practica aquello del fuego amigo?

En el proceso de elección de su dirigencia nacional los “agarrones” se parecen mucho a los que se daban en el PRD. La camarería se da sólo en las formas y su dirigente, Yeidkol Polevnsky parece pretender emular al estalinismo. Por fortuna se escucharon voces de diputados y senadores en contra de la “Ley Bonilla”, aunque no de Morena como partido.

Un hecho es claro, en este momento ninguno de los partidos políticos que hay en la arena política están respondiendo a los intereses del país y de los mexicanos. Unos se dedican a golpetear al presidente, aliados con empresarios para trata descarrilar a la 4T y hacer volver a los gobiernos cuya insignia es el de la corrupción.

Otros, desahuciados, en el lecho de muerte, se callan porque saben que tienen la cola larga. “Más vale guardar silencio” han de decir. Hay, quien también, agonizantes tienen aquella máxima “de la familia y el sol, mientras más lejos mejor”. Los rencores son fuertes. Algunos más siguen siendo simples satélites, comparsas, veletas.

Los que forman parte del gobierno y son mayoría en el congreso, pareciera, no saben qué hacer, pero al menos están entendiendo que “no es lo mismo ser borracho que cantinero”. La autocritica no se le da, aunque por fortuna hay a quienes sí, y saben que es necesaria.

México necesita de partidos fuertes, democráticos, incluyentes, críticos, no partidos, partidos.

Que no le cuenten…    

Los barones del dinero, ya lo decíamos, alistan armas, “preparan su proyecto alternativo de nación” al de la 4T, ha publicado la revista Proceso. “Algo así como una conspiración para irlo bajando, pegándole poco a poco, como cuando un boxeador durante muchos rounds va minando a su opositor con ganchos al hígado, hasta el nocaut, lo comentamos en “La teoría de la gota a gota”.

*Periodista

 

Con información de Mario A. Medina para Primera Voz