Pasó Nochebuena y Navidad, y con ello una lluvia de pensamientos que inundó nuestra mente y corazón, al grado de sentir el vértigo de una caída hacia el infinito, donde nada tiene sentido y al mismo tiempo todo tiene una razón.

Momentos de reflexión, en que la mente trabaja contra corrientes impetuosas y turbulentas que, entre todo, voces internas dan gracias por la salud, el amor y la felicidad, por los logros alcanzados, por el año que casi finaliza, etcétera, al tiempo que se lanza una avalancha de peticiones -a veces- exigentes de respuestas a un listado infinito de dudas y deseos para un buen vivir o morir.

Momentos de reflexión, en que el corazón hace su parte, y tratando de acallar las tempestades mentales, hace sentir su presencia en el silencio que desgarra, que toca el alma en lo más profundo para poner orden y reducirlo todo a dos palabras “calma” y “Fe”.

Parece tan fácil decirlo y, sin embargo, tan difícil asimilar su significado, que la “calma” puede sonar a ingenuidad o inmadurez, máxime, por ejemplo, cuando se trata de pedir calma a personas que han perdido a un ser querido, que no tienen o han perdido su trabajo y son el pilar o sostén de la familia, o que son presa o víctimas de la delincuencia. Una calma que se vuelve intolerante a la sugerente paciencia que se agotada a cada instante.

Suena tan fácil decir o pedir “Fe”, pero tan difícil apostarle a ésta, cuando se viven tiempos de desesperanza y desolación en el cumplimiento de las necesidades más elementales para la subsistencia misma; cuando se vive en entornos de violencia y segregación; cuando las nuevas tecnologías de la comunicación personal y en redes sociales han originado una suerte de guerra fría, donde todos se dicen de todo y, al mismo tiempo no se dicen nada, nada que fortalezca o incida en su esperanza de una mejor forma de vida o simplemente de una vida digna, antes bien, parece todo apostarle al fracaso del prójimo.

En estas reflexiones recordamos una frase atribuida a Winston Churchill -político brillante del siglo XX- que decía: “el problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”. A más de un siglo de distancia, esas palabras parecen tener plena vigencia en nuestros días, días de cambio, de transformación, de regeneración, de reformulación política o como quiera llamársele a esta nueva época en la vida democrática de México.

Todos los cambios inspiran una gota de esperanza, mientras que, por otro lado, son caldo de cultivo para sembradores de la desesperanza, de la animadversión, del odio, de la división, del miedo, del egoísmo y la soberbia. No hay forma de acabar con tan crueles pecados a la humanidad, ante ello, hacerles frente con el poder de la humildad y la razón.

La humildad, para tolerar y reconocer las posibles o eventuales diferencias de pensamientos, al tiempo que integrar ese reconocimiento –prima facie- como un estilo de vida, con respeto y solidaridad. La razón, como un ejercicio básico de reflexión que, conscientemente, ayude a tomar las mejores decisiones para afrontar las adversidades y los nuevos desafíos, antes de adoptar posturas intransigentes que sean germen irremediable de la discordia, de las hostilidades, de los contrapuestos -sin puntos medios- o extremistas que adoptan sin razón el “estás conmigo o contra mí”.

Esta Navidad 2018, ojalá haya sido motivo de reflexión familiar, para pensar positivamente y de manera optimista por un México mejor cada día, que dé muestra al mundo de civilidad social y política; donde las libertades se ejercen y se respetan; donde se critica, pero también se aporta; donde se debate con argumentos respetuosos y no con discursos o señalamientos intolerantes empapados de odio; donde se asumen riesgos y se afrontan responsabilidades con madurez jurídica, social y política, donde se tiene claro que México somos todos.

Ojalá más de uno hayamos hecho votos por la prosperidad del prójimo, porque pensar, orar y ver por el bien de los demás, es hacerlo por el bien de nuestras familias y de uno mismo, a final de cuentas, por el bien de nuestra tierra, de nuestro México.

Con información de Javier Quetzalcóatl Tapia Urbina, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México.