La literatura mexicana es de las más ricas del mundo, nutrida por mujeres que desde muy jóvenes sintieron la necesidad de usar la palabra escrita como medio de apertura para liberarse de la sociedad conservadora que les obstruía el libre ejercicio en cualquier ámbito.

Rosario Castellanos (1925-1974) fue piedra angular, ya que a través de sus novelas, ensayos, poemas y artículos se convirtió en una de las primeras mexicanas destacada en la literatura, tanto como cualquier escritor varón.

Además de hablar de amor, desamor y melancolía, la obra de Castellanos Figueroa está inscrita en el terreno de las diferencias sociales, influenciada por las escenas que presenció durante su niñez en la hacienda familiar, donde advirtió las injusticias y vejaciones a las que eran sometidas las clases trabajadoras, en particular los indígenas de la región Maya de Comitán, en Chiapas.

Castellanos murió en Tel Aviv, Israel, durante su estancia como embajadora de México; sin embargo, si la historia hubiera sido otra, es posible que hoy aún viviera y, si así fuera, hoy estaríamos asistiendo al cumpleaños 94 de una gran escritora mexicana.

La lucha literaria por la igualdad con los pueblos indígenas

Aunque ella no se metió de lleno a marchas o exigir respeto por estas comunidades, Rosario Castellanos trató el tema como un cazador frente a su presa: fue cautelosa, estudió cada movimiento y cuando fue posible tendió su red a través de novelas, principalmente Balún Canán.

Especialistas en la obra de la poeta describen que su aportación radica en mostrar las diferencias y cómo eran vistos estos grupos; como gente distinta. En sus novelas plantea la posibilidad antropológica de que hay barreras entre los “blancos” y los indígenas: éstas son el lenguaje.

Para Rosario Castellanos ambos son iguales, pero esa frontera comunicacional es la que produce una confusión y deriva en la discriminación, una situación muy vigente.

De esta suerte Joseph Sommers, investigador de Literatura Hispanoamericana, señaló en 1959 que con Balún Canán, Castellanos afirma la dignidad y el valor humano en el indio. “Ella niega que el grupo ladino puede degradar al indígena sin degradarse a sí mismo”.

La lucha por destacar como mujer en un medio de hombres

Pero Rosario Castellanos también notó que la degradación no era exclusiva para grupos indígenas, sino también hacia las mujeres, a quienes creció viendo cómo debían aprender a cocinar, bordar y hacer diversas tareas de la casa. La situación no le agradó ya que nunca estaba conforme con lo que el sistema imponía.

Dolores Castro, poeta, amiga y contemporánea suya, ha declarado en las pocas entrevistas que ha dado al respecto, que su cómplice siempre estuvo interesada en destacar y ser como Gabriela Mistral, que nunca se casó ni tuvo hijos y fue grandiosa, reconocida y figura respetada en las letras (aunque al final Castellanos sí se casó y tuvo un hijo).

Fue este ímpetu lo que permitió que la autora de Álbum de familia se convirtiera en la primera mujer en recibir el Premio Chiapas en 1958, por su exitosa incursión en la poseía, el cuento, la novela e incluso en el teatro. Más tarde vendrían reconocimientos como el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz o el Elías Sourazky.

Lucha interna

Siempre con mucha mesura, respeto y prudencia, la también poeta Castro ha hablado sobre lo difícil de la vida personal de Rosario Castellanos, quien siempre estuvo enamorada u obsesionada con el filósofo Ricardo Guerra Tejada, con quien compartieron cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Se ha calificado y exhibido dicha relación como un matrimonio difícil, ya que por una parte se teoriza que Guerra podría haber sentido celos del éxito de su mujer y por otros que simplemente no la quería; sólo ellos sabrían la verdad.

De ese matrimonio y amor nacieron decenas de poemas que caracterizaron la obra madura de Rosario Castellanos, envuelta en pasión, desamor, desencuentros, despedidas y melancolía de un romance que fue, pero no será posible jamás ya que incluso se han declarado la guerra, como lo hace en su poema Ajedrez:

Porque éramos amigos y a ratos, nos amábamos;

quizá para añadir interés

a los muchos que ya nos obligaban

decidimos jugar juegos de inteligencia

Pusimos un tablero enfrente

equitativo en piezas, en valores,

en posibilidad de movimientos.

Aprendimos las reglas, les juramos respeto,

y empezó la partida.

Henos aquí un siglo, sentados,

meditando encarnizadamente

cómo dar el zarpazo último de aniquile

de modo inapelable y, para siempre al otro.

La tumba de Rosario Castellanos se encuentra en la Rotonda de las Personas Ilustres, de donde nace un relieve que recuerda su rostro y fisonomía, en cuya mano casi siempre hay una rosa roja que mantiene vivo el recuerdo de su importancia en el siglo XX.

Con información de Esquivel para Primera Voz