Frente a lo que parece un espacio en extinción, aquel hombre soltó un enunciado fuerte, mejor dicho, una PALABROTA en voz alta que atrajo la atención de varias personas. Igual que él, la mirada de una señora madura, una treintañera y un joven, hurgaban las primeras planas de varios diarios hasta encontrarse con la del periódico Reforma.

Frente a ellos los rostros de Javier Duarte, Elba Esther Gordillo, César Duarte, Guillermo Padrés, Emilio Lozoya, Rodrigo Medina y Alejandro Gutiérrez, todos con el sello del PRI. ¿Cuántas planas se podrían llenar con los de otros cínicos?

“¡No tienen vergüenza!” fue lo menos que se escuchó del cúmulo de otras palabrotas que dejaban escapar de sus bocas por frustración, seguramente, de su encabronamiento, también, a ciencia cierta, contra todo lo que huela a funcionarios. “Rateros”, los identificaron cuando entre ellos intercambiaban puntos de vista de esos “hijos de la… (tiiiiiiiiiiii)”.

“Sí”, coincidieron cuando si bien no se conocían, concordaron con aquella propuesta electorera reciente: “Les deberíamos de cortar las manos”., exclamó uno de ellos.

Según el último Índice de Percepción de la Corrupción de la organización Transparencia Internacional, México ocupa la posición número de 135 de 180 en materia anticorrupción. Es el peor evaluado tanto del G20 como de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).

En una investigación realizada por María Amparo Casar en materia de corrupción que presentaron el Instituto Mexicano para la Competitividad A.C. (IMCO) y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) denominado, “México: Anatomía de la Corrupción”, la analista señala:

“Es necesario conocer la corrupción: localizarla, medir su extensión, identificar sus causas, encontrar las áreas de riesgo que permiten su reproducción, examinar sus mecanismos de operación, exhibir sus efectos y estudiar las experiencias exitosas. Solo así se podrá traducir la indignación en una estrategia exitosa para combatirla”.

Al menos, en ese momento, como testigo silencioso de ese grupo de mexicanos, representativos de todos, esa indignación se tradujo en PALABROTAS que seguramente no era para enviarlos al rancho del Presidente Electo, sino hasta el infinito y más allá. “El 91% de los mexicanos no confía en partidos políticos, 83% en legisladores y el 80% en las instituciones del sistema judicial”.

Hoy por fortuna tenemos en México organizaciones e instituciones académicas que nos pueden regalar fotografías y análisis de la corrupción que es endémica.

Cuántos personajes que se les ve como impolutos, funcionarios de décadas pasadas, se hicieron de sus casas blancas, se enriquecieron, crearon empresas, pero para su fortuna, en su tiempo prevaleció aquella máxima: “cubríos los unos con los otros”.

Al inicio de este nuevo siglo, “la corrupción ha afectado de manera negativa a la legitimidad política, a la transparencia de la administración y a la eficiencia económica en cuanto a rendición de cuentas del país hacia el interior y exterior de sí mismo”, se señala en un estudio (Contemporary Mexican Politics. USA: Rowman and Littlefield Publishers).

Sin embargo, a quien hoy gobierna, poco o nada les interesa esto, su objetivo es salir con las bolsas llenas. Saben la ruta, conocen la fórmula: enriquecerse a puños, contar con cómplices; no le hace el “desprestigio” y la “pena” de estar tras las rejas –si acaso los guardan-, porque después de unos cuantos años “recibirán una ganancia” o la encontraran donde la escondieron, y luego a disfrutarla, a vivir la vida, él o ella, y toda su prole y las que sigan.

En la esquina de la información de la colonia, unos y otros tratan de leer lo dicho por el jurista Diego Valadés. Sus miradas siguen cada párrafo; el más joven suelta un “pinche Peña”; desvían su mirada en una nota esperanzadora que les muestra un heraldo: “Va Morena por peces gordos”.

Uno regresa al principio y, de plano, les lee la esencia de la nota: “Encarcelado por la acusación de participar en el desvío de 250 millones de pesos para las campañas del PRI en 2016, Alejandro Gutiérrez salió ayer de prisión favorecido por el retiro de cargos por parte de la Procuraduría”.

Aquel hombre, no aguantó y soltó, fuerte, sin pena y con énfasis: “¡SON CHINGADERAS!”.

Que no le cuenten…

Interesante fue la charla que un grupo de reporteros tuvimos el viernes 28 con quien será el responsable de Comunicación Social del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, Jesús Ramírez Cuevas.

Ente muchos, se tocaron temas que, a quienes ejercemos esta profesión, nos interesan y preocupan. Nos dijo que ya se prepara iniciativa contraria a la ley “chayote”; que los despidos de periodistas tienen que ver con las nuevas tecnologías y el espíritu empresarial de los dueños de los medios que es ganar-ganar, y no por la disminución de la publicidad gubernamental. De nuestros derechos a la seguridad laboral, salarios dignos, jubilación, y que el nuevo gobierno necesita de medios críticos para no equivocarse.

Llamó la atención, o digamos si hubiéramos ido a cubrir la información, la nota pudo ser cuando afirmó que la transición no está siendo tan tersa como parece, que los factores de poder están vivos, se están meneando y que, desde luego, el Presidente de la República actuará en razón, no del poder, sino de los derechos ciudadanos.

Por Mario A. Medina para Primera Voz