El término bisiesto procede de bis sexto calendas martias, nombre que los romanos daban al día 25 de febrero cuando el año era bisiesto, y en el que se intercalaban seis días antes de las calendas del mes de marzo.

Siguiendo los consejos y las investigaciones del sabio griego Sosígenes, Julio César reformó el calendario romano del rey Numa Pompilio debido al retraso que éste presentaba respecto al año solar dado que había descubierto que el año trópico dura 365 y un cuarto de día. Por tanto, añadió cada cuatro años un día más; sin embargo, la reforma juliana producía un error de un día cada 128 años.

En 1582, el papa Gregorio XIII, buscó ajustar el calendario solar al civil y se encontró con un desfase en el que, el inicio de la primavera sucedía el 25 de marzo porque cada 120 años, el paso del sol por el equinoccio que marca la llegada de la primavera se retrasaba un mes. Entonces, los sabios reunidos por Gregorio XIII, se dieron cuenta de que el desfase era debido a que la reforma juliana no había tenido en cuenta los cálculos de Hipparques, quien atribuye al año una duración de 365 días, 5 horas y 55 minutos.

Para corregir este desfase la reforma gregoriana suprimió cada 120 años un bisiesto. Así, los años que terminan con dos ceros que, según la regla general deberían ser bisiestos, dejan de serlo excepto aquellos cuyo número es divisible por cuatro. Ejemplo, los años 1700, 1800 y 1900 fueron comunes porque el número de siglos no es divisible por cuatro.

Dado lo anterior, cada año común atrasa un día con respecto a los días de la semana y, por ende, cada bisiesto atrasa dos. Si todos los años fueran comunes, cada siete años las fiestas fijas caerían en el mismo día del mes y de la semana. Sin embargo, con los años bisiestos, para que las fiestas fijas vuelvan a caer el mismo día del mes y de la semana, se necesitan 7 años bisiestos; es decir, un período de 28 años, llamado período solar.

Con información de Primera Voz