Las políticas públicas de salud relacionadas con el consumo de plantas y substancias ilegales en México son limitadas y violan derechos de acceso a la salud de consumidores. Estas políticas contradicen elementos fundamentales que deben garantizar: derechos a la no discriminación e igualdad de trato.

No se contempla en el sector salud a quienes no son derecho habientes del IMSS o ISSSTE, que padecen una adicción, aunque existen los Centros de rehabilitación y de Especialidad del Consejo Nacional Contra las Adicciones (Conadic), la atención a personas usuarias de drogas es limitada, casi nula, ante una de las principales problemáticas del país: instituciones que no se dan abasto, con infraestructura en muchos nosocomios precarias. Así como las reducciones de ingresos presupuestales federales que mantienen en declive el acceso al derecho a la salud.

Imaginemos que sean las personas usuarias de drogas quienes busquen el acceso a él en términos de disponibilidad, aceptabilidad y calidad. ¿Qué creen que ocurriría?

Ismael es un joven de 19 años de edad, lleva aproximadamente cuatro años en situación de calle a consecuencia de ser consumidor de plantas y sustancias ilegales. Nació en la capital del país, y creció en una vecindad popular de la colonia Guerrero, donde vivió con sus padres, tíos (hermanos de su mamá) y su abuela materna.

“Crecí en un lugar muy feo, mi mamá me pegaba mucho: jalaba mi cabello, me pegaba con un cable o gancho -con lo que tuviera a la mano- un día me llegó aventar un cuchillo porque no le hacía caso”, recordó.

El joven de aproximadamente 1.80 metros, delgado, de labios prominentes, relató cuando uno de sus tíos maternos fue detenido por narcomenudeo, venta de mariguana en su domicilio. Ismael asegura que su tío no tuvo nada que ver con que él probara las drogas.

“Yo empecé a probar drogas desde que tenía 11 años, cuando iba en sexto de primaria, nada más acabe la primaria. Me acuerdo que el hermano de un amigo de la primaria nos dio a probar alcohol en el parque y luego nos dio a fumar mariguana, aprendí a fumar con la maría, pero pues me gustó”, relató el joven.

Ismael dejó de asistir a la escuela y comenzó a probar otras cosas.

“Probé de todo, y me rebelaba de mi mamá porque yo traía mi avión; comencé fumando, hasta que un día, ya grande (adolescente), consumía mariguana, crack, pasta, e inhalaba thinner o resistol y me escondía para drogarme; me iba al barrio a jugar frontenis y ahí se ponía bueno, apostábamos, a veces me peleaba por un dinero que ganaba y no me querían pagar (sé ríe). Con eso me compraba vicio.

Pero bueno ella (su mamá) estaba muy enojada y me pegaba bien feo -mira mis cicatrices de cuando me aventó unas piedras porque me encontró en el parque fumando- Ella era muy mala mamá, me lastimaba muy feo y hasta con mi abuela se ponía a insultarla si me defendía”, recordó mientras bajaba la mirada.

El joven habla pausado, por momentos se queda en silencio, pero asegura que su mamá estaba mal porque a su padre lo habían sentenciado por homicidio. Apuñaló con un filetero a un hombre que intentó robarlo; el padre de Ismael era carnicero.

“Ahí todo se fue a la chingada, mi mamá se volvió mala. Sólo me pegaba. En mi viaje, dejé la escuela, sólo acabé la primaria y pues cuando estaba más grande ya llevaba tiempo de drogarme; un día mis tíos me internaron en una granja pero me puse muy mal porque me dejaron toda la noche a fuera en el patio encuerado, me mojaron y así fue como decían se me pasaría la abstinencia”, aseguró que ese episodio lo recuerda lleno de abusos y que siempre lo mantenían lastimado por tanto golpe que le propinaban en el abdomen, patadas y encierro forzado, sin permitirle visitas.

“Le dijeron a mi abuelita, cuando me visitó, que me tenían que haber sedado y no cierto, era de los madrazos para que no me viera. Vivir ahí es lo peor que te pueden hacer.

Mi abuela me sacó porque me veía mal, me llevaron a la casa pero me seguí drogando, y ya no solo mi mamá me maltrataba, también mis tíos, me pateaban, me daban zapes en la cabeza, me insultaban bien feo. Uno de ellos me acusó que le robe y no cierto, me agarró a puñetazos, este diente él me lo tiro ese día”.

El joven recuerda que una ocasión que no tuvo para comprar droga robó la televisión de su casa, por lo que su mamá lo corrió a la calle; platicó que esa tarde comenzó a vivir en las calles de la capital.

“Un tiempo anduve robando en la zona de Tepito con navaja -nunca lastime a nadie, pero de eso vivía- pero fui pendejo, un día que robe me eche a correr y un camión, de los grandes, de contrasentido, me atropelló. Bueno, me dio un llegue, sino yo creo no estaría vivo.

Me acuerdo que ese día me había metido coca, y andaba arriba, pilas, eso me ayudo a aguantar el madrazo. No quede inconsciente, mucha gente se acercó, oí la patrulla y me decían que no me moviera, yo me sentía como en el mismo viaje, cuando se te duerme una mano, estaba tirado en la calzada, llegó la policía, no supe cuántos, decían que la ambulancia tardaba mucho, que tenía sangre, yo no me la vi.

Uno de los médicos que estaba conmigo dijo: ‘¿quién se hará responsable?’, pero no había nadie, y el que me atropelló se fue, yo digo que esos pinches policías se arreglaron, porque cuando llegó la ambulancia el del camión ya se había ido. No me querían llevar a ningún hospital, la gente del barrio fueron los que obligaron a la ambulancia a subirme.”

Tras la presión de locatarios y vendedores Ismael fue trasladado a un hospital como él lo refiere de la ‘Cruz Verde’, durante el traslado perdió la conciencia y sólo recuerda cuando despertó en una cama amarrado, y el dolor intenso en el cuerpo y espalda que sintió.

“En el hospital me trataban bien mal, las enfermeras no me acercaban para orinar y debía aguantarme, hasta que pasara la de limpieza y me acercara el traste para hacer pipí, no me podía levantar ni girar porque me dolía todo y pues a veces no me comía la comida para que no me anduviera de la popo, aunque sí tenía hambre, me daba pena hablarles porque les gritaba y no me escuchaban, ni me veían. Estuve como un tiempo, no me acuerdo si fue más de dos semanas, y me amarraban todo el tiempo.

Un día solo me sacaron del hospital y ya. Dormí esa noche y todas las demás en la calle, me dolía, pero mira, pedí dinero y me compré un tonaya y hasta se me olvidó”, relata mientras inhala su estopa.

“Uno aprende, vivo de lo que me dan, y pues siempre traigo mi dinero, mis diez pesos, lo que consiga. Entendí que no debía hacer mal, y deje de robar. Cuando hace frío esto me ayuda (enseña su estopa). Vivo en la calle porque nadie me molesta ni me pegan, aunque a veces los cerdos (policías) son bien carbones lo orinan a uno si lo ven dormido o te quieren abusar la misma banda, pero en los albergues es igual, le pegan a uno o te cobran por dormir ahí, no te puedes quedar”

Ismael recuerda que después de su cirugía estuvo pidiendo dinero en la calle, a veces enseñando su herida para que le creyeran. Asegura que se echaba tonaya en la espalda para que no se le infectara, y aunque le dolía y ardía muy feo nunca se le infectó; fue hasta que una señora le pagó una consulta para que le quitaran los puntos que se le habían enterrado y le lastimaban que le revisaron de nuevo la herida. Se alimentaba -y aún lo hace- de lo que a veces la gente le regala o de tortillas cuando no tiene nada.

Jamás volvió a ver su mamá ni a nadie de su familia; cree que su mamá no lo buscó porque siempre ha andado en las calles del Centro Histórico, no muy lejos de dónde vivió, “ella nunca me quiso, era mala”, aseguró el joven.

El caso de Ismael representa la discriminación y exclusión; es cierto que le brindaron atención médica, pero forzada, de baja calidad y sin ética profesional; el hospital no siguió los protocolos establecidos de dar aviso a las autoridades, en ese momento a la Procuraduría capitalina y al DIF, que por ser menor de edad debía quedar bajo su resguardo, mientras la PGJDF localizaba a su madre y la obligaba a hacerse responsable, aunado a proteger sus derechos y hacer prevalecer el interés superior del menor, así como brindar atención de prevención de adicciones y psicológica.

Existe constante criminalización y penalización de posesión y consumo, siendo estos temas los que dificultan, sobre todo en los jóvenes usuarios, que se acerquen a cualquier servicio de Salud por la exclusión que cae sobre ellos, lo que ayuda a que existan lugares clandestinos o regulados a discreción como las llamadas “granjas”, que fomentan abusos y violaciones a sus derechos humanos: internamiento forzado, mal aseo personal, alimentación precaria, violencia emocional y malos tratos; así como tortura, violencia física y psicológica, abuso sexual, trabajo no remunerado y el uso de sogas para limitar la movilidad de internos.

Existe el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales que establece, entre otras medidas, que los Estados, como México, deberán adoptar se incluya para “la prevención y tratamiento de las enfermedades”. De hecho, es desde 2009 que en nuestro país se aprobó la reforma a la Ley General de Salud, que se consideró abrió la puerta para la inclusión de políticas de reducción de riesgos y daños, así como de tratamientos no basados en el abstencionismo.

Por supuesto esto está en el limbo porque actualmente existen 230 mil niños, niñas y adolescentes con adicción, donde la guerra contra el narcotráfico no sólo trajo la desaparición de miles de niños y jóvenes como se documentó en ESPECIAL DÍA DEL NIÑO sino esa estrategia de seguridad nacional potenció el uso y abuso de drogas.

Es alarmante que esta situación siga en aumento, y que los pilares de la campaña “Estrategia Nacional de Prevención de Adicciones” sólo contemple el uso y abuso de sustancias psicoactivas legales, ¿y las ilegales?, actualmente la Secretaría de Salud reconoce diez tipos de sustancias y plantas que son ilegales que se consumen.

La prevención que dieron a conocer en mayo pasado es igual que cómo se ha venido dando: educación, salud y comunicación, pero no salud en un marco de necesidad de acceso a clínicas y hospitales, sino meramente esas charlas que dan en los centros de salud a una población específica. Salud pública.

La estrategia es insuficiente ante la existencia de 2.2 millones de consumidores de sustancias adictivas, y ante el consumo que comienza a muy temprana edad, entre los 12 y 17 años, siendo el alcohol con el que la mayoría inicia; a los 13 años se da consumo de inhalables, incluido el cigarro; a los 14 años consumo de cocaína y a los 15 años se da el consumo de anfetaminas, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco, (Encodat, 2016).

Esta misma Encuesta (Encodat) menciona que la mayoría de los niños y adolescentes iniciaron probando brownies, muffins, hot-cakes, paletas de dulce y palitos de chocolate alterados con cocaína o mariguana, dando una estimulación temprana cerebral, llevándolos a tener conductas inadecuadas desde muy jóvenes y estimulando el deterioro biológico a nivel de órganos y neuronas.

Estas sustancias generan un daño en la vida del consumidor y de la familia, al reducir actividades sociales, escolares y recreativas, incluso pueden generar conductas sociopáticas, como robos o violencia, para adquirir las sustancias.

En cifras…

El aumento de consumo de sustancias ilícitas ha sido de un 47% de 2011 a 2018, obedeciendo a que la compra o adquisición de estas a nivel mundial la venta de sustancias ilegales incrementó vía Internet de 200% a 400%; y que los 342 Centros de Rehabilitación y de Especialidad del Conadic, han tenido reducciones de su presupuesto, cayendo con AMLO un 32%, al ser un órgano desconcertado de la Secretaría de Salud, operan al mínimo de capacidad en estados como: Oaxaca, Puebla, Chiapas y Veracruz, donde no cuentan con psicólogos ni insumos para generar protocolos de rehabilitación y de reinserción social.

En Colima, por ejemplo, algunos centros están abandonados; en Chiapas, desapareció uno, en Tijuana y Chihuahua el personal exigió mayor protección, pues se convirtieron en refugio de delincuentes.

Hay una cifra elevada de consumo de drogas que generan actos violentos, ejercidos sobre los usuarios o los usuarios sobre civiles, aunado a que muchos transitan a otras condiciones de mayor vulnerabilidad sin que prevalezca derecho alguno.

Con información de Samatha Lara para Primera Voz