Cuando visites Guanajuato, no te olvides de dos de los rincones más bonitos y que, casualmente, no reciben tantos reflectores como otras partes de la ciudad: la Presa de La Olla y el Parque Florencio Antillón.

La primera ha acompañado los paseos de lugareños e incontables visitantes desde 1741 y celebra la fiesta de la apertura de sus compuertas cada primer lunes de julio para conmemorar los 266 años que lleva proveyendo de agua a toda la ciudad. Disfrutar una rica garnacha a la entrada de la presa mientras se contempla el bonito paisaje que la tarde ofrece es un must: la torre de la presa con el Cerro de La Bufa enmarcándola (sí, Guanajuato también tiene un cerro llamado así, aunque nada que ver con el de Zacatecas), los músicos locales que amenizan la hora de la comida con algún corrido, las parejas disfrutando un relajante paseo en lancha sobre la superficie. El tiempo, sencillamente, no corre.

Para después de comer, nada como recorrer las orillas de la presa y descubrir los rincones por los que el agua escurre creando pequeñas cascadas sobre la roca llena de musgo hasta llegar a la cortina que, pese a no ser tan alta como en otras presas (la San José, en San Luis Potosí, por ejemplo) sí obsequia una bonita perspectiva del otro protagonista de este artículo: el Parque Florencio Antillón.

Caminar entre flores, eucaliptos y fresnos mientras se siente la brisa del agua que alcanza a escapar de la cortina tras un verano ligeramente lluvioso es lo mejor que puede ofrecer un jardín tan apacible como este: aislarse del bullicio en un rincón de la ciudad para disfrutar un buen libro en una de sus bancas, por ejemplo.

Hablando de lectura…¿sabían que el Parque Florencio Antillón, inaugurado en 1875, se llama así desde 1902 en honor al general que, siendo gobernador del estado, realizó las obras que dieron vida al paseo de la presa? Sin embargo, y haciendo a un lado la costumbre mexicana de engrandecer a gobernantes y militares, este rincón guanajuatense resguarda los restos de alguien cuyo recuerdo, pese a estar marcado por el nombre de su bisabuelo, es capaz de brillar con luz propia.

¿Les suena “La ley de Herodes”? Bien, pues si recorren el Parque Florencio Antillón encontrarán una modesta tumba correspondiente a Jorge Ibargüengoitia, autor de esa y otras magníficas creaciones que forman parte del acervo literario que todo mexicano debería estar obligado a conocer. Aprovechen el fin de semana y visiten este encantador lugar.

 

Con información de Siete Leguas para Primera Voz