La actual composición política en el Congreso de la Unión y el Poder Ejecutivo, son tal vez el mayor logro democrático del 2018. Probablemente el de mayor relevancia en las últimas tres décadas, periodo en que grupos y partidos políticos, paulatinamente -y sin pausa- abonaron a la desconfianza social hasta el hartazgo, tanto que los resultados se vieron reflejados en el proceso electoral federal y locales del año recién terminado, con la elección de una nueva fórmula política denominada Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).

El gran logro de México es haber dado paso a una nueva forma de hacer política y gobernar. Las razones en los resultados de esas elecciones, pueden ser buenas, malas o regulares, según la perspectiva con que se miren. No obstante, lo importante ahora es recuperar la confianza en las instituciones, con trabajo, esfuerzo y dedicación, desde todos los puntos cardinales del país, núcleos sociales y familiares, y espacios públicos y privados.

El desafío 2019 para todos los mexicanos, es acaso comprender que estamos en el mismo barco, que se trata de un tema de responsabilidad social, ciudadana, colectiva e individual. Pretender atribuir todas las responsabilidades habidas y por haber a una persona, digamos como al presidente de México, quizá puede o debe ser un tema superable.

Es un hecho que históricamente se ha atribuido la responsabilidad de todas las desgracias económicas, sociales, políticas, incluso jurídicas al presidente de la República, sin embargo, en 2018 México se dio una nueva oportunidad política para vivir en paz y con prosperidad, pero ambos componentes no corresponden en exclusiva al presidente, a los senadores o diputados, o a los políticos en general, para ello todos debemos trabajar y aportar por el bienestar común.

La responsabilidad corresponde a todos. Cierto es que las instituciones del Estado han sido rebasadas por las crecientes y graves necesidades de la ciudadanía.  El reclamo ciudadano, direccionado hacia el logro de una profunda transformación económica, política y social del país, viene bien en cualquier sistema democrático, siempre que se acompañe de capacidades de diálogo, donde confluyan puntos intermedios que den pie a conciliar y lograr acuerdos, en lugar de gritos y sombrerazos o la incesante propensión a descalificar -sin serio sustento- todo cuanto se realice, y que solo asestan a atizar discursos de odio y desinformación.

El desafío 2019 lo tenemos todos los mexicanos, puesto que aún con las diferencias de pensamientos e ideologías políticas -fortaleza de nuestro sistema democrático-, posiblemente valga la pena reflexionar que todos tenemos un objetivo común, todos queremos lo mejor para México y para nuestras familias. El margen de confianza en el nuevo grupo político o partido en el poder, puede variar y es bueno -sin duda- que así sea, se trata de los contrapesos sociales que hacemos todos antes que los propios políticos.

México siempre un país de gente noble y trabajadora, técnicamente en cuanto al avance o evolución de las instituciones del Estado, no parece esperar mucho con las nuevas formas de gobernar y hacer política, como quien dice ya está curtido, tiene paciencia y tolerancia medidas tanto, que lo que genera mayor expectativa y esperanza es tener un gobierno honesto y capaz, con el que se sienta seguro, entendido y atendido en sus realidades sociales y económicas, en sus necesidades, pero también suficientemente respaldado para lograr su pleno desarrollo.

Son muchas las historias de vida de los mexicanos, la diversidad social -tan compleja- impone un desafío mayor para todos, combatir la desigualdad, el desempleo, la corrupción, las crisis económicas y de justicia, entre otros, es una tarea a la que estamos llamados todos para aportar y resolver por el bien común. Lograr un Estado de bienestar, fija el reto de afrontar los problemas que, por acción u omisión, todos hemos causado o tolerado por décadas, directa o indirectamente.

Generar los mecanismos institucionales para hacer frente a problemas reales de los mexicanos, es una tarea que corresponde -en principio- al Estado, pero su aprovechamiento y -en su caso- perfeccionamiento, es una responsabilidad social y ciudadana, es decir, corresponde a todos sin excepción. Recordar que los acuerdos políticos son producto de la voluntad social representada en el Congreso -sea Federal o estatal-, de igual forma, las instituciones dependientes del Poder Ejecutivo, son instrumentos facilitadores, lo contrario serían obstáculos y como tal, destructores de la democracia.

Hacer uso de los instrumentos de la democracia, así como de las instituciones del Estado, es un derecho, pero también es una responsabilidad. Podemos ejercer el derecho a la libertad de expresión, siempre que se realice de manera respetuosa, transparente y honesta. Si partimos de una reflexión sobre nuestros derechos en su integralidad, tal vez veríamos que el desafío para este año que inicia -2019- estará en función del cumplimiento de responsabilidades ciudadanas, que no acaban con la elección de nuestras autoridades y representantes. El timón del barco está en manos de todos.

Con información de Javier Quetzalcóatl Tapia Urbina, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México.