Llegamos cerca de las dos de la madrugada y contrario a lo que habíamos planeado, de inmediato cedimos ante la tentación dionisíaca de Acapulco.

Aunque la costera estaba escoltada por marinos y militares, parecía que el puerto aguardaba nuestra presencia para recibirnos con los brazos y, en el mejor de los casos, con las piernas abiertas.

El Potro sugirió pasar a una tienda por un doce de cerveza clara. Ninguna estaba fría y tenía menos cuerpo que mis orines.

Después de vaciar las latas, el Vasco se detuvo en un sitio de taxis para preguntar algo.

Manejó con rumbo hacia el centro y a continuación se internó en unas calles truculentas e inmundas detrás del mercado, una vez más bajó el cristal para interrogar a un transeúnte que inhalaba algo de su puño.

– ¡A huevo! Llegamos al Atascón. El Noruego se merece un premio y aquí se lo van a dar. Ahora sí, putitos, sabrán a saber lo que es la carne magra. El año pasado vine con mis primos y me cogí una argentina- nos puso al tanto el Vasco.

-¿Una argentina o un argentino?- dijo el Chapo.

Tras superar el toqueteo superficial que nos dieron varios simios ataviados con trajes de tela corriente, entramos al recinto.

A pesar de que siempre me han parecido lugares despreciables, quedé impresionado, igual que mis amigos, con la belleza de los rostros y la perfección de los cuerpos que circulaban frente a nosotros en una plataforma ovalada.

“Cómo es posible que en un sitio tan deprimente se puedan encontrar sutilezas como esas”, pensé.

También confirmé mi postura con respecto a ese negocio: jamás pagar por sexo.

Minutos y dos tragos de whisky después, ya me apalabraba con dos en un privado: una lituana y la otra francesa, o al menos eso me dijo el mesero.

A cambio de una grapa, me permitieron que mis manos subieran y bajaran su cuerpo abisinio.

Pero el idilio carnal terminó cuando intenté hurgar dentro de sus tangas y un bulto demoledor me soltó un patadón.

No supe cómo reaccionar y conecté un puñetazo a cada una.

En pocos segundos tuvimos a la manada completa de gorilones a nuestro alrededor violentándonos con linduras que escupían.

Sabía que la había cagado. Atiné a dejar otro trago de whisky en la mesa, ponerme de pie y levantar las manos en señal de paz.

Mis amigos hicieron lo mismo y nuestra sumisión calmó por un momento la cólera de aquellos bravucones.

Esta vez la revisión fue minuciosa y agresiva, además los cuatro fuimos medidos con la misma vara: nos dejaron en cueros a todos.

Encañonados en una fila horizontal, observamos cómo vaciaban nuestros bolsillos, carteras y cualquier recoveco susceptible de guardar algo.

Las tarjetas de débito del Potro y del Chapo fueron pasadas a cuenta de pomos y más pomos invisibles hasta que los fondos se agotaron. La mía no la encontraron porque desde que dejó de servirme para cortar el polvo que inhalo, la olvidé en un cajón.

El Vasco, diestro en el arte de los números, hizo el cálculo de las pérdidas: 9500 pesos, más el depósito de don Arturo.

Cuando ya no hubo nada más que exprimirnos, quemaron nuestra ropa, nos devolvieron celulares, llaves e identificaciones, empaparon nuestros cuerpos con el sobrante de las botellas que quedaron en nuestra mesa y nos dejaron ir.

No sin antes propinarnos una señora patada con pica hielos en el culo.

Corrimos con suerte y también con la mayor entrega de nuestras vidas hacia la camioneta, hacia la Libertad.

Cuando estuvimos dentro comprendí que, otra vez, lo peor había pasado, me vi reflejado en el aspecto de mis amigos y pensé que cualquier persona que nos viera se cagaría de la risa: asustados,  caras pálidas y largas, temblorosos, desnudos y, lo más risible, chilangos.

En cuanto salimos de la zona roja, recuperamos nuestra tonalidad epidérmica por completo.

Sin consensuar nada, como empezaba a ser su costumbre, el Vasco se dirigió hacia la costera.

Después de dar algunas vueltas por el mismo lugar, el Chapo rompió el silencio para preguntarle qué estaba haciendo:

-No mames, Vasco, ¿a dónde vamos?
-Pues no sé, puto, no me dicen nada.
-Hay que quedarnos en la troca y ya mañana que llegue el Pichón vemos qué hacemos- intervine.
-Ni pedo, no nos queda de otra, -reafirmó el Potro y continuó- yo guardé algo de varo en la mochila pero no creo que sirva de mucho.

Después de mal dormir en la suite Liberty, ubicada en el estacionamiento del almacén del hotel Fairmont Princess, amanecimos más pesimistas y lúgubres que Ciorán y Schopenhauer juntos.

El Pichón nunca llegó ni contestó el celular. Esa vez la mentada de madre fue sonora y colectiva.

Teníamos dos opciones: la primera era regresarnos en ese momento, la segunda era apelar a nuestras dotes de narcomenudistas.

Estúpidamente creímos que sería sencillo mover la mierda que traíamos en plena mañana, mientras todos están aliviando la cruda con un reposo prolongado en una habitación con aire acondicionado y una cama confortable.

Lo último que deseaban era saber de unos idiotas inexpertos que ofrecen drogas duras y mota.

Valentones, nos lanzamos hacia la playa con unas ridículas bermudas de palmeras y colores tropicales.

Con el sol radiante fue fácil advertir rasgos fantasmales del pasado pletórico de nuestros cuerpos.

El Potro y el Chapo conservaban la amplitud de espalda y el grosor de brazos que hace varios años bien pudieron pertenecer a un verdadero mamado de gimnasio.

La complexión del Vasco revelaba algunos secretos de una infancia llena de golosinas y cercana a la obesidad.

La protuberancia esférica, semejante a un pequeño melón, que se alzaba a lo largo de mi estómago y terminaba en el nacimiento de mi vello púbico, contrastaban con lo enjuto de mis brazos y piernas.

A pesar de hacer dietas y someterme a diversas rutinas de fitness nunca pude presumir otra cosa que no fuera mi abdomen pellejudo.

Nos enfilamos hacia donde un grupo nutrido de bañistas treintones con pelos de elote se tomaban fotos y hacían bromas estúpidas en francés, al menos así nos notificó el Potro, quien confundía al líder revolucionario con el muralista, ambos de apellido Orozco, pero estaba a punto de acreditar el idioma como segunda lengua materna.

Aunque nuestros rostros no eran feos del todo, nuestros cuerpos desentonaban dentro de ese mar de belleza y exactitud física.

No nos quedó otra que apretar el abdomen, sonreír hipócritamente y, en mi caso, agitar mi cabello largo y ensortijado, que no era poca cosa. El mismo que al calor de las copas, varias mujeres habían aceptado envidiarlo.

Hicimos lo mismo con tres catervas más de distintas nacionalidades pero la respuesta era la misma: miradas de agrado y una que otra de cachondería que, después de ofertarles drogas, se tornaban en muestras de indiferencia y, en el peor de los casos, de lascivia.

“No que todos los pinches extranjeros se cagan por venir aquí a loquear y a probar la mota, no sé quién inventó esas chingaderas”, pensé.

El Potro y el Chapo, fieles a su glotonería, no aguantaron el régimen de austeridad y se encaminaron hacia el corredor de restaurantes donde los comensales degustaban platillos suculentos de mariscos.

Sabedores de nuestra pobreza, engulleron la saliva que el antojo les provocó y lo mitigaron con quesadillas fritas de pescado en un puestecito ambulante.
Observé la cara de hartazgo del Vasco y supe que la mía lucía igual o peor y empecé a forjar un porrito para apaciguar las aguas.

Quizá no era la mejor solución pero nos merecíamos ese lujo a cambio de los atropellos que habíamos padecido.

Para evitarnos más problemas, caminamos a lo largo de la playa. Fumando y platicando sobre lo que hubiéramos hecho con el dinero perdido en nuestro barrio, avanzamos alrededor de unos 600 metros hasta que una mano suave y larga nos jaló por la espalda.

Ambos supimos que nuestro infortunio no cesaría hasta abandonar ese pinche supuesto paraíso del Pacífico mexicano.

-¡Chinga tu madre!- exclamó el Vasco, mientras apretaba los ojos y agachaba la cabeza.
-¡Tranquilos, majos! No pasa nada, sólo quería un poco de hierba- concilió una voz femenina con acento gachupín.

En otro momento la hubiera mandado a la chingada, pero no estaba en condiciones ni tenía los ánimos para hacerlo. Incluso ya no me pareció tan repulsivo su registro lingüístico.

Giramos la cabeza para reconocer la identidad de aquella española mariguana y ella concedió una sonrisa amigable, la única que habíamos recibido a lo largo de ese viaje insufrible.

-¿Me podéis dar una calada?- pidió con amabilidad.
-Claro, morra. “También una cogida” -pero eso sólo lo pensé- ¿Cómo te llamas?- contesté y le acerqué el porro.
-Es verdad, no me he presentado. Me llamo Encarnación pero podéis decirme Encarni. ¿Y vosotros, cómo os llamáis? Si no os importa mejor vamos para allá, estoy con un par de amigos y si queréis podéis beber las cervezas que os apetezcan.

Sin contestar, nos dirigimos hacia donde nos indicó.

El séquito de hippies fresas que tenía por amigos nos saludó sin mucha convicción y continuaron una conversación sobre veganismo, yoga, alimentos orgánicos, ciclismo urbano y otros temas infumables.

Nuestra nueva amiga y cliente potencial siguió de largo unos metros hasta la hielera y regresó con cuatro latas de la misma cerveza aguada que habíamos bebido la noche anterior.

Se sentó junto a nosotros y cedió el porro al Vasco, quien seguía incrédulo por la facilidad con la que socializamos con una extranjera.

-Está muy buena- comentó refiriéndose a la mariguana.
-Simón, es Golden Acapulco-mentí para impresionarla y facilitar el negocio.
-Algo he escuchado al respecto pero todavía no me decís cómo os llamáis.
-Yo soy el Noruego y él es el Vasco.

Las cervezas se convirtieron en borrachera y el tostón que pensaba venderle a Encarni nos lo fumamos como ferrocarriles.

Para entonces los activistas ya me simpatizaban, el Vasco formaba parte del debate con comentarios poco sesudos pero, a consideración del grupo de eruditos, acertados.
Encarni resultó ser fotógrafa de moda con un pasado emocionante y oscuro en la nota roja.
Después de intercambiar anécdotas sobre la farra, gustos literarios, recomendaciones gastronómicas y, lo mejor de todo, miradas y caricias rijosas, hice mi jugada maestra: puse cuatro cumbias en la rocola.

El Chapas y el Potro siguieron la misma estrategia para aliviar su miembro que la noche anterior nos garantizó el susto de nuestras vidas y una dolorosa patada en el culo: intercambiar sexo por cocaína.

Esa noche, todos, o casi todos, rompimos la maldición y un par de nalgas.

El Vasco fue el más osado, prefirió retacarse la nariz de coca en el departamento de un director de cine porno -un gay sesentón, famoso en el bajo mundo de Acapulco por haber probado las mieles de García Lorca- mientras éste le propinaba una felación celestial que en su vida olvidaría.

Aunque no me convertí en héroe nacional ni sentí deseos de venganza, logré encarnar el sueño mexicano.

Con información de Primera Voz