Sentado en una de las bancas de metal que abundan entre los pasillos del jardín, escoltadas por árboles y una que otra ardilla, reclina el cuerpo y la cabeza hacia atrás para engullir un trago largo del litro de destilado de caña que lo acompaña desde hace ya varias décadas y lo alivia del frío matutino o adereza la tristeza del día nublado, de acuerdo al clima y a su estado de ánimo.

Con el burbujeo incesante de la fuente contigua como fondo musical, dirige algunos chascarrillos a manera de saludo a los encargados de dar grasa y lustrar el calzado a cambio de una cuota no mayor a 15 pesos, quienes al pasar de los años y montones de andanzas se han convertido en sus fraternales compañeros y amigos.

En unos minutos, el intercambio inicial de albures e injurias amistosas con Pedro Paul Hidalgo -mejor conocido como “El Dientes” entre el gremio- se ha convertido en una conversación amena, acaso rutinaria, que provoca risas y, tal vez, evoca recuerdos nostálgicos de su juventud: basquetbol, cotorreo maratónico, rock and roll y, sobre todo, vitalidad.

La barba crecida de algunos días, surcos profundos a lo largo de su frente, más de la mitad de la dentadura incompleta, tez morena pero ceniza y pálida, algunos mechones de cabello cano, grasoso, que sobresalen de su gorra y la mirada perdida que irradian sus ojos vidriosos amarillentos, contrastan con el entusiasmo y la lucidez que comparte sus anécdotas.

Como la vez que fue al cerro de Tezcutzingo y después de admirar la magnitud del sitio arqueológico, decidió emprender el regreso semidesnudo y con algunas pencas de nopales a cuestas como una especie de manda en honor a Nezahualcóyotl.

“Cuando llegué a Texcoco, había un autobús lleno de nipones, me vieron y luego que me empiezan a tomar fotos. Yo creo pensaron que era un azteca porque iba descalzo, con los nopales y olía a mezcal y hierba santa. Hasta me querían dar unos yenes, pero el guía les dijo que no”, comenta al tiempo que una risa contagiosa roba protagonismo al bullicio circundante.

Al igual que el barrio de San Pedro, -lugar donde nació hace 60 años, creció y cultivó sus primeras amistades o su banda, como él mismo dice- el portal del mercado San Antonio, la parroquia homónima y el jardín han sido los testigos eternos de su andar por Texcoco.

Pareciera que la historia, las calles, la gente y la cotidianidad de esa localidad, lo han adoptado como un elemento peculiar del espacio público.

A pesar de ser un ciudadano cualquiera, incluso marginal por azares de los excesos y la irreverencia ante la vida, Jorge Martínez Espinosa se ha convertido en un personaje importante de Texcoco.

Sin ocupar ningún cargo político, pertenecer a las familias locales de abolengo ni mucho menos poseer grandes fortunas, propiedades y comercios, cualquier persona adulta, o incluso los más jóvenes, conoce o ha escuchado hablar de “El Sobuca”.

Su paso por la secundaria ESFIR, donde perteneció a la primera generación del turno vespertino (1965-1967), fue el parteaguas que marcó el derrotero de su vida.

Ahí descubrió su talento y aptitudes físicas para jugar baloncesto, que más tarde le traerían grandes experiencias.

Ahí se inició en el arte de beber, que nunca abandonaría por completo y, quizá lo más importante, fue donde acuñó el mote por su parecido físico con el jugador mexicano de fútbol, Carlos “Sobuca” García, que militó en los Pumas durante la temporada 1967-1968.

Botella en mano, después de librar el cerco de inseguridad y desconfianza que hace evidente la rudeza de sus palabras, las historias de quien tal vez conozca como nadie la localidad y debiera ser el cronista oficial, empiezan a revelar su personalidad intacta: amabilidad, alegría, desdén, espontaneidad, aventura, indiferencia, infortunio, olvido…

“Cuando llegan en buena onda sí me gusta platicar, pero si llegan de mamones los mando al cabrón, ni los pelo. Hago de cuenta que no existieran“, dice el teporocho de estampa agreste al respecto de la gente que llega a importunarlo o agredirlo.

Los tenis de basquetbol desgastados que lleva puestos y los acordes de Los Beatles que cada domingo lo ponen a bailar en el centro del jardín, desentierran su pasado glorioso y digno de otra cañita.

Basta mirarlo detenidamente para darse cuenta del portento físico que tuvo en sus mejores años: cercano al metro 90 de estatura, brazos largos, velocidad.

De ahí que haya entrenado con el representativo nacional de esa disciplina previo a las olimpiadas de 1968.

“Había un maestro de la ESFIR, se llamaba Gilberto, conocía muy bien a ‘El Chiquis’ Grajeda, a Carlos Quintanar, a los de la selección de aquellos años (1967-1968). Como veía que me rifaba me invitó con él y de ahí entrené con ellos.

“Le echaba ganas y aunque fuera descalzo, como usaba puro guarache, me iba para allá, a villa olímpica”, cuenta con entusiasmo, mientras paladea el licor.

A la par de eso, jugar basquetbol y andar en la calle le permitió, por azares de la casualidad,  observar de cerca los escándalos amorosos de Gustavo Díaz Ordaz, durante su periodo presidencial.

“Aquí venía con su vieja, su querida, era Irma Serrano. Se la pasaban aquí en (el rancho) ‘El Batán’. Y nosotros veíamos todo porque estábamos en los conos, en la entrada, y ahí jugábamos básquet con los chaparritos prietos, con los sardos que traía. Siempre les ganábamos”, se acuerda con ínfulas de grandeza.

Otra de sus pasiones -confiesa- es la música. Entre sus bandas favoritas destacan “La Revolución de Emiliano Zapata”, “Grupo Bandido”, “La Tribu”, “El Ritual”, “Peace and Love”. Todos pioneros del rock nacional, a los que tuvo la oportunidad de ver en vivo cuando asistió al Festival “Rock y Ruedas”, en Avándaro en septiembre de 1971.

“Lo mejor de todo -dice- fue la vibra de toda la banda. Todos hacían lo que querían y en santa paz, no como dijeron en los periódicos, ahí no había maldad.

“Todos andaban nadando en el lago como si nada. También fueron muchas rucas chidas, como la cabrona que se desnudó”, recuerda.

Actualmente, Jorge Martínez Espinosa vive con cinco carnales -como él llama a las personas con las que comparte casa y ha formado una familia- a unas cuadras del estadio municipal “Claudio Suárez”, donde hace el aseo y algún mandado como actividades que le garanticen el techo, “la papa” y, si le sobra, un “pegue”.

A pesar de ser invidente desde hace 20 años, y se sometió a un tratamiento médico en Cuba que resultó fallido, se mantiene ecuánime y voluntarioso. Incluso bromea al respecto:

-Diles por qué te dicen iglesia abandonada- lo exhorta “El Dientes”.

-Porque no tengo cura- responde vacilón Jorge. También me pasa como la canción de Julio Jaramillo: veo sombras nada más.

Las carcajadas no se hacen esperar.

Está próximo a cumplir 65 años el 2 de febrero. Cuenta con sus dedos los meses que faltan y, con un dejo de incertidumbre, se sorprende de su edad.

-Si todavía estás chavo, güey- lo motiva “El Dientes”.

-“¡Abrón!”- reniega Jorge.

Los goterones que se empiezan a colar con fuerza entre las ramas frondosas de los árboles y se impregnan en la sudadera deportiva de nylon de Jorge, lo obligan a tomar el grueso madero que, a manera de bastón, lo guía en su caminar.

Con paso lento pero continuo, atraviesa la suerte de glorieta que circunscribe a la fuente para resguardarse debajo de un portal.

Finalmente, sentado en la escalinata de una zapatería y entrado en calor, prosigue con la charla.

“El Dientes” lleva alrededor de 42 años de conocerlo, justo desde que empezó a bolear en el jardín.

“Aparte -aclara Jorge- él también iba mucho para allá, por el barrio. Ahí cotorreábamos juntos y también jugábamos fútbol americano”.

De ahí que se hayan convertido en cómplices de varias fechorías.

“Como a él le gustaba disfrazarse y yo era bolero, pues siempre lo pintaba de lo que quisiera”, cuenta Pedro Paul con ánimos de volverlo a hacer.

Jorge recuerda la vez que figuró en la primera plana del periódico local Expresso de Oriente:

“Un día (16 de septiembre de 1994), unos meses después de que mataron a Colosio allá en Tijuana, Pedro me pintó la bandera mexicana en todo el cuerpo. Me acuerdo porque me sacaron en un reportaje.

“Iba caminando con una vieja guatemalteca  en medio del desfile, ellos iban para allá y yo venía para acá.  Entonces me seguí y enfrente de la presidencia que saludo a la bandera, hago la guardia al presidente y que me sigo derecho”, describe.

Aunque el desparpajo nunca se ha separado de él, tuvo una etapa llena de responsabilidades y trabajo donde, ante los ojos de la sociedad, fue “gente de bien” y nunca ha pedido dinero en las calles.

Durante ese lapso trabajó en el departamento de Obras Públicas del Ayuntamiento y formó parte del proyecto Plan Lago Texcoco de la oficina municipal de Recursos Hidráulicos.

Aún ciego, como último empleo, informal, ayudo a acomodar tabique, bloques de cemento y ladrillo en una fábrica de materiales para construcción.

Jorge echa mano de su memoria, nítida, para rescatar el pasado pueblerino de Texcoco que en sus palabras era muy tranquilo y más agradable.

“Eran pocos barrios y nos conocíamos casi todos, ahora ya creció demasiado. Estaba el kiosko y llegaban las bandas o, si no, también había rocola y vendían helados, tortas, todo…

“Antes podías andar caminando en la madrugada y no había nada de problemas ni malicia. Ahora sí ya hay cosas malas”, comparte.

El pequeño tatuaje que luce debajo de su ojo derecho, una estrella de David hecha hace 35 años, revela su creencia en Dios, misma que asiente con un movimiento de cabeza de arriba hacia abajo.

Asegura que, a pesar de consumir toda clase de drogas y alcohol, jamás robó o hizo daño a las demás personas.

“Una vez andaba allá por el barrio y pasó un chavillo y le robó su bolsa a una señora, pero estaba chavillo. Que lo correteo, lo alcancé y ya lo iban a madrear los chavos y les dije: ‘no, espérense que llegue la señora’. Total, le saqué los papeles, y que lo deja ir la señora”, refiere como garantía de sus buenos sentimientos.

Con un tono más pausado y lúgubre, recapitula el día que sus hijos, no reconocidos, lo encontraron e intentaron acercarse a él.

“Tengo dos hijos, bueno, cómo podría decir… tuve una mujer, pero los abandoné chamaquillos. Luego por eso me doblego. Ahorita ya la nena, ya no es una nenita, ya tiene como… 40 años, apenas los va cumplir.

“No, cuando vinieron todavía me decían que yo era su papá y que acá. Les dije que no era cierto. Sí eran mis hijos pero cómo les iba a decir, si ya estaban grandecitos y nunca les di, nunca los vestí ni calcé, ni les di para la escuela. Ya me vine caminando para acá y se me salieron las lágrimas pero pues ni modo…”.

-Pinche padre irresponsable, culero- lo increpa Paul.

Jorge no responde y esconde la cabeza entre sus piernas flexionadas y sus hombros por algunos segundos, como si quisiera esconderse de ese recuerdo que todavía lo estremece y le carcome su ya desgastado estómago, mucho más que el trago.

Acto seguido empina el codo para equilibrar sus emociones.

El vaivén vertiginoso de personas que circulan por el portal resulta ajeno a la quietud y el sopor de Jorge y Paul, las miradas de indiferencia y lascivia que impele la pareja reafirman su condición marginal, invisible, pero intrínseca al corazón de Texcoco.

Al final ese lazo estrecho y confidencial entre el jardín, los boleros, la parroquia, el portal y “El Sobuca” es lo único que perdura.

La botella que contiene el licor transparente está a punto de vaciarse. A lo mucho alcanzará para un último trago, el de hoy.

Alguna vez pensó en dejar de beber y lo hizo: previamente a su tratamiento en Cuba se olvidó del alcohol por ocho meses y uno más a su regreso.

Por ahora se siente bien así, con ese elixir que le aminora la pesadumbre, le evoca buenos tiempos y le dibuja alguna sonrisa.