El arranque del torneo estaba a la vuelta de la esquina y la práctica del día había terminado con una pésima noticia: el Tienda causaba baja del equipo por actos de indisciplina familiar y deplorable rendimiento escolar.

Tras ser notificados de la situación por el entrenador y su equipo de trabajo, las reacciones de los demás jugadores no se hicieron esperar:

-Pinche Tienda, se pasa de ojete; no le importa el equipo- comentó con decepción un niñito renegrido de piernas cortas y potentes, a quien apodaban el Frijol.

-Sí, le valió madres el trato que hicimos: si yo le daba mi torta durante una semana, él jugaba con nosotros- se lamentó el Boliche, mientras se sobaba la protuberancia que lo obligaba a usar pantalones y playeras tres o cuatro tallas más grandes.

Como cada año, a sabiendas de su casta de perdedores, aparte de conmemorar el inicio de las fiestas patronales, ese cuadrangular amistoso representaba una oportunidad inmejorable para defender su orgullo y resarcir su imagen ante los ojos de los demás colegios participantes de la colonia.

En particular ante el Colegio Holandés, con el que tenían una rivalidad especial derivada de una racha de golizas en contra.

Aunque en realidad a las personas que más les importaba la justa futbolera era a sus padres, quienes durante el mes previo al evento se convertían en el cuerpo técnico más entregado y exigente.

La mayoría eran comerciantes que se deslomaban todos los días de la semana sin descanso alguno para sostener a su familia y, si sobraba, para vacacionar en Acapulco en semana santa o, mejor aún, para ir al estadio Azteca a un par de partidos de la selección nacional durante la eliminatoria para el mundial en turno.

Algunos de ellos, veían una fortuna potencial que les garantizaría viajes, comodidades y una jubilación temprana en los regates que salían de los botines de sus pequeños.

Otros, debido al escaso talento que sus hijos presentaban para el deporte y los estudios, simplemente fomentaban en ellos hábitos saludables que si bien no los librarían de un futuro como mercaderes, sí los exentarían de una vida mediocre y marginal, devenida en excesos y crimen.

La lista final de convocados quedó integrada por una decena de elementos no mayores de once años, entre los que destacaban el Tripa, un larguirucho cercano al raquitismo con agilidad y buen olfato goleador, y el Cuchillo, un chaparro aguerrido e implacable que evocaba los mejores tiempos de Gattuso en el Milán.

-Paro, levanto la cabeza, tocó y me muevo; paro, levanto la cabeza, toco y me muevo… – ordenaba el padre del Frijol, ahora profe Potro, mientras observaba el interescuadras e identificaba las deficiencias de su plantilla, que no eran pocas.

-Si no dominamos un esquema táctico, nos van a dar la chinga de nuestras vidas como el año pasado- señaló el asistente del profe Potro, quien también era el progenitor del Boliche.

Cada tarde, el entrenamiento se tornaba sufrimiento y, para los jugadores más blandos de espíritu, lágrimas.
A pesar de asentir una y otra vez a las instrucciones de los entrenadores, a la hora de ejecutar los movimientos, las jugadas terminaban en regaños, gritos y zapatazos.

Lejos de mejorar gradualmente con el paso de los días, seguían exhibiendo el mismo desorden táctico que, según sesudos analistas, caracteriza a las selecciones africanas.

Ahora entendían las palabras que salían de la boca de los profesionales -algunos sus ídolos, otros no tanto- cuando las cosas no iban bien: “dimos nuestro mayor esfuerzo, pero un descuido nos costó el partido”, “el equipo mostró cosas buenas, pero no pudimos concretar” y, la peor justificación de todas, “no nos queda otra opción que seguir trabajando”.

La tregua llegaba con el pitido y la posibilidad de acercarse a descansar a la fuente del jardín, donde se levantaba un pequeño querubín de granito que orinaba el agua con la que se refrescaban.

Otras veces, mínimo dos a la semana, el berrinche de alguno de los pupilos del profe Potro adelantaba el fin de la sesión.

La cuota de obsesión era tal, que el encono y los llantos no cesaban hasta llegar a casa y se hacían más intensos cuando la figura materna aparecía en escena para aliviar la congoja de los pequeños.

-¡Ya déjalo, cabrón, mira como viene el niño! Es sólo un partido, chinga. Ni mi novela me dejan ver en paz- atajaba doña Gertrudis.

Faltando dos días para su debut en la décima edición del Torneo Relámpago Santa Bárbara, un rumor sobre la reincorporación de última hora del Tienda entusiasmó al grupo.

Según el Traidor, un mandadero que dominaba todos los chismes del mercado, el flamante jugador había sido liberado del castigo un par de horas antes y podrían contar con él para el encuentro.

A pesar de ir a buscarlo en el puesto de materias primas, donde había purgado su sanción, y dejarle recado con el dueño, su padre, el Tienda jamás apareció por el entrenamiento de esa tarde.

La desilusión no impactó en la concentración y el desempeño del equipo que, por primera vez en su corta trayectoria como entrenador, el profe potro calificó de notables.

A la par de los elogios recibidos, lo único agradable fue la presencia de Barbarita, una prima tapatía del Cuchillo de lindos ojos y piernas torneadas, quien dominaban el balón mejor que muchos de los que se encontraban mirándolas embobados.

-¿Ya vieron a la güerita?

-Ni se rifa tanto, nomás porque ustedes están bien güeyes. Aparte las viejas no juegan futbol.

Tal afirmación enardeció a Barbarita y retó al Frijol, quién había escupido el comentario misógino, a batirse en un duelo de regates.

El Frijol resultó humillado por la rubia futbolista, quien celebró con un par de piruetas y bailoteos hilarantes.

El primer partido, como era costumbre, fue resuelto sin mayores complicaciones por el Tripa con dos remates certeros.

El primero fue un cabezazo seco a contrapié del portero, asistido por un centro del Frijol.

El segundo tanto fue un tiro de penal, cometido al Cuchillo, raso y pegado al palo izquierdo.

El estilo de juego que desarrollaron no fue deslumbrante pero sí sólido y contundente.

Como esperaban, el rival que enfrentarían en la final de la competición barrial sería el histórico Colegio Holandés, con un récord de nueve victorias a su favor.

Pero ahora, sin contar con el Tienda, los muchachos del profe Potro sentían la confianza y la seguridad necesarias para revertir la situación y hacer historia.

El aplomo y el trabajo en equipo que habían demostrado en el primer cotejo se encontraba tambaleante: no hilaban tres pases seguidos, la defensa rebanaba constantemente cualquier balón que venía por aire, el Tripa había sido golpeado por el central contrario mientras recibía el balón de espalda y se encontraba temeroso.

Lo único rescatable hasta el final de la primera parte fue el marcador que se conservaba en ceros.

Alrededor del minuto 67, el mismo central que había amedrentado al Tripa, asestó una volea con la pierna izquierda que se incrustó en la escuadra derecha.

La defensa quiso salir en línea pero un error de coordinación los hizo ver ridículos.

El Boliche se percató cuando el balón sacudió las redes.

Si bien habían plantado cara al rival y los superaban por la mínima, el equipo estaba desfundado y, peor aún, afligido.

Restaban cinco minutos para el final del partido, cuando el profe Potro volteó a la banca y no tuvo otra opción que llamar a Barbarita, quien a fuerza de chantajes y berridos hizo que fuera registrada a última hora en la plantilla.

Las palabras de su tío, propietario de varias ferreterías, hacia el entrenador habían sido claras: “si no registras a mi sobrina, no hay uniformes nuevos”.

Todos quedaron estupefactos cuando vieron ingresar en el campo a la niña, después de su actuación salieron maravillados.

Con un par de tiros de castigo ejecutados con maestría le dio la vuelta al marcador y, sobre todo, escribió una nueva página en la historia del torneo.

Tras bambalinas, Barbarita reveló al profe Potro el secreto que les garantizó la victoria: “cada que un defensa salta hay que pegarle en las costillas y al mismo tiempo gritar. Siempre marcan la falta a mi favor”.

Durante la premiación, en el momento en que los nuevos campeones recibían sus medallas y el trofeo, Barbarita le guiñó el ojo al recio central que había doblegado, primero con su codo y ahora con sus encantos.

De camino a los vestidores ambos se cruzaron y Barbarita le entregó un papel con algo escrito: “perdón, lo hice por mi equipo”.

Con información de Primera Voz