Y bien, aquí estamos de nuevo,

en el borde del abismo,

dando tragos al veneno

y caladas al atisbo de un acierto,

de un silencio suscitado

cayendo de espaldas,

sin aferrarnos a nada.

 

Amanecemos, sanos y salvos

en el planeo

—del control de las emociones;

cantando y bailando

—millón y medio de canciones inmortales.

 

Y con las plantas en la tierra,

el espejo de las almas,

a la orilla del camino,

nos cuestiona la fortuna:

Labrar un sendero conjunto

y olvidar atrás el calvario.

Los oráculos no mienten.

El destino absoluto

—de la mente, se resuelve

con un estrechón de manos:

desterrarse del infierno,

como se disfraza el encuentro

—con nosotros mismos.

 

De tal manera se crea

la obertura del corazón:

la ventana más profunda del alma.

 

Y vuelve volando el momento

—de ser una vez más felices

encausando nuestros pasos de horizonte,

hacia el remanso donde nadie miente.

 

Edgar Feerman